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Llega el momento en que en esto de las relaciones de pareja hay que decidirse: O sigues en ese deja vu cansino de las citas con mujeres cada día más ajadas y más tristes; con sus sempiternos pleitos con el género masculino, de los que no tienes culpa alguna pero de los que aun así eres deudor; con tal vez sexo, pero que ya nunca será como cuando eras joven, un sexo sin deseo, burocrático y amargo; seguido de una coreografía posterior dificultosísima para medir las distancias, lo de entrar en su vida pero no mucho, ser el enésimo novio que presenta a su amigos, amoldarte a sus manías; luego desparecer sin hacer ruido; volver otra vez a mendigar ser mirado, cosificarte en la red…

O rompes con todo este ciclo y te casas, que es la manera socialmente aceptada de celibato. Porque la teoría de la herradura funciona, los extremos están más próximos entre sí que con el medio. La opinión vigente es que el célibe y el casado están en las antípodas, pero lo cierto es que el casado es un célibe que renuncia a las mujeres al elegir solo a una. El célibe y el casado tienen mucho en común, ambos se salen del mercado, con la salvedad de que el segundo lo hace en paz con el super-yo.

Lo importante es no ser como los que se mueven en los distintos grados en el mundo de “los disponibles”, siempre expuestos, arrastrados y temerosos. La esposa es la ataraxia; te da dignidad; ya da igual que no se te levante. Porque el célibe es libre; el casado no, pero le dan palmaditas en la espalda. Un célibe siempre es sospechoso en un mundo gregario e hipersexual. Sin embargo, cuando llevas anillo eres un misántropo con salvoconducto. Se la has colado. Has renunciado al juego y no se han dado cuenta.