jueves



Llega el momento en que en esto de las relaciones de pareja hay que decidirse: O sigues en ese deja vu cansino de las citas con mujeres cada día más ajadas y más tristes; con sus sempiternos pleitos con el género masculino, de los que no tienes culpa alguna pero de los que aun así eres deudor; con tal vez sexo, pero que ya nunca será como cuando eras joven, un sexo sin deseo, burocrático y amargo; seguido de una coreografía posterior dificultosísima para medir las distancias, lo de entrar en su vida pero no mucho, ser el enésimo novio que presenta a su amigos, amoldarte a sus manías; luego desparecer sin hacer ruido; volver otra vez a mendigar ser mirado, cosificarte en la red…

O rompes con todo este ciclo y te casas, que es la manera socialmente aceptada de celibato. Porque la teoría de la herradura funciona, los extremos están más próximos entre sí que con el medio. La opinión vigente es que el célibe y el casado están en las antípodas, pero lo cierto es que el casado es un célibe que renuncia a las mujeres al elegir solo a una. El célibe y el casado tienen mucho en común, ambos se salen del mercado, con la salvedad de que el segundo lo hace en paz con el super-yo.

Lo importante es no ser como los que se mueven en los distintos grados en el mundo de “los disponibles”, siempre expuestos, arrastrados y temerosos. La esposa es la ataraxia; te da dignidad; ya da igual que no se te levante. Porque el célibe es libre; el casado no, pero le dan palmaditas en la espalda. Un célibe siempre es sospechoso en un mundo gregario e hipersexual. Sin embargo, cuando llevas anillo eres un misántropo con salvoconducto. Se la has colado. Has renunciado al juego y no se han dado cuenta.


Veo dos películas españolas casi seguidas y no puedo evitar encontrar ciertas similitudes.
Una es Al sur de Granada, basada en la novela de Gerald Bernan. No he leído el libro, en teoría autobiográfico, pero desde luego la película es curiosa. Trata de un inglés erudito y civilizado que llega a una aldea de la España profunda, allí se amista con un lugareño bondadoso al que decepcionará para luego reconciliarse, y luego tiene una relación con una moza pasional y bella que simboliza la autenticidad de una tierra ajena a la Modernidad. Tras superar el choque cultural se acaba integrando como un más entre los pintorescos habitantes, y finalmente vuelve a la civilización un poco más sabio y tolerante con los pueblos no desarrollados. 
Es decir, la historia sigue uno por uno todos los clichés de la narrativa colonial.
Lo curioso es que es una película española, no británica. Es decir está hecha por españoles -los nativos “orientalizados” que diría Edward Said- pero desde el punto de vista del occidental superior. Está contada para que nos identifiquemos con el inglés y veamos como exóticos a los españoles. Al final acaba con un extrañísimo agradecimiento al señor Brenan por su paciencia a la hora de entendernos, ya que, se supone, los ibéricos damos mucha guerra con nuestras rarezas.
Dudo, por otro lado, que los ingleses hagan un día una película en la que el protagonista es un español ilustrado que viaja a una barriada industrial británica feísta y gris, acaba congeniando con sus etílicos y brutos hooligans, les enseña las virtudes de la poesía del 27 y a no pegar a sus mujeres, y que los títulos de crédito finales terminen dando las gracias al español “por ser tolerante con la cultura popular británica”.               

La otra película es Magical Girl.
Está dirigida por Carlos Vermut y es dura de ver, ingrata, pero tiene calado y merece la pena. En todo momento sabemos sin que se explicite que nos está hablando de la actualidad de nuestro país. Y sin embargo hay un pegote a mitad de metraje en la que un personaje, secundario pero fundamental, diserta sobre España ¡hablando del toreo como epifenómeno nacional!
El problema de España ha obsesionado a los intelectuales patrios desde hace siglos. Hay pocos países que hayan sido tan pensados, y con tanta aptitud, como el nuestro. Sin embargo, en lugar de tirar de las cientos de perspectivas interesantes y potentes de las que podría haber hecho uso, Vermut se marca un diálogo propio de un turista gringo que todo lo que sabe del país es lo que ha leído en el Lonley Plantet.
¿De verdad un español puede recurrir al símil de torero para hablar de la realidad circundante?¿Por qué ve el país siguiendo topicazos que sabe de sobra que son falsos?

La respuestas se me escapan.           

martes



Tertulia con unos visitantes de provincias en La Central de Callao; coinciden todos en abominar Madrid.
Puedo entender que alguien diga que un pueblo minúsculo o un paisaje montañoso no sean del agrado de uno. Tendría sentido porque las posibilidades son pocas y unilaterales. Pero decir, o casi sentenciar, “no me gusta Madrid” -que es una ciudad inasible, múltiple e indeterminada, donde hay miles de caminos para reinventarse, vivir y actuar- es algo que se me escapa.
Igual todos estos visitantes que reaccionan ante la megalópolis añorando la rutina, los rostros sempiternos y el olor a pescado de sus terruños, lo que rechazan acá es precisamente la falta de vinculaciones preestablecidas y una libertad individual a ratos plena.