lunes

Para readapatarme, camino por la calle Hortaleza. Es una de esas calles por las que busqué años atrás esa felicidad lúbrica y alucinógena que nos prometen si nos hacemos modernillos, y que yo nunca encontré -o sí, no me fío de la memoria.
De repente oigo mi nombre; seguido de un "no me puedo creer que seas tú".
Reconozco a Pili, compañera de universidad, hace ya más de diez años.
Está gruesa y ajada, como el negativo de la ninfa lucífera que fue. En su mano tiene el libro ése del poliamor, la nueva chorrada trendintopic del momento.
Me besa y me abraza, está emocionada. Me lleva a un café hippie de Chueca.
-¿Te acuerdas de cuando nos liamos en una iglesia?
La verdad es que lo había olvidado.
-Sí, claro, fue genial.
Le intento hablar de Colombia, de los niños y la Fundación, pero ella parece refractaria. Le preocupa más explicarme que ha estado viviendo con Pablo, mi archienemigo de la Facultad, y me confirma que sigue siendo un pendejo. Luego sigue con la retahíla de amantes que ha tenido en estos años, y también lo de sus vistas a un club de intercambio de parejas.
Aquello me agota. Siento que habla desde la ninfa que fue al haragán que fui.
Me despido al cabo de un rato.
Normalmente este encuentro me deprimiría o me haría supurar bilis. Pero tengo otras cosas en las que pensar.
Mañana  Chía aterriza en Madrid.