domingo


Es una deleitable mañana de domingo y ella y yo desayunamos en casa. Hemos hechos huevos pericos y café; suena Brahms en el computador; no tenemos ningún compromiso inminente en la ciudad y leemos la prensa del día.
Entonces la veo sonreír y me fijo en que pasa las páginas del periódico indiferente a los textos. Comprendo que está alegre porque nos está visualizando desde fuera –es lo que Sartre llama “momento perfecto”, la existencia ha quedado reducida a la esencia, y la esencia es una malhadada imagen: la de nosotros siendo unilateralmente felices, aquí y ahora.
El instante tiene, pues, su incomodidad. Un comentario tonto por mi parte, limpiarme la nariz o derramar algo de café me costaría su odio por despertarla de nuevo en la existencia.
Procuro no hacer ningún ruido.