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El Dorado (1881) es la crónica del autor suizo Ernst Röthlisberger sobre su estancia en el Bogotá del siglo XIX. Aquí encontramos una primera referencia a los gamines:

"Especialmente simpático es entre los tipos de la clase baja el gamín o chino de Bogotá, que se alimenta y se hace grande lo mismo que los lirios del campo. El gamín bogotano trabaja primero de limpiabotas; luego, de vendedor de periódicos, de mandadero, y finalmente es soldado. Sumamente vivo y desenvuelto, de gran astucia e inteligencia, constituiría un magnífico material pedagógico si se cuidaran de educarlo, pues él conoce bien el valor de la educación."

Es evidente que se ha producido una escisión de significados. Si alguna vez chino y gamín fueron sinónimos, obviamente ya no lo son. Chino sí sigue siendo el niño o adolescente de estrato bajo, listo y con futuro. Pero gamín no responde más al tipo que describe Röthlisberger.

El gamín es hoy el lumpen salvaje bogotano. Habitante del Bronx, cuando empieza a oscurecer sale de su calle y merodea por el centro en busca de comida y plata. Todos van siempre con su uniforme: chaquetas roídas y una bolsa deshilvanada cargando sus pocas posesiones. Y el permanente aroma a basuco y orín.

Aquí en Candelaria es famoso Francisco al que llaman “el Milagro”, que era un gamín feroz que pedía las sobras a la salida del restaurante italiano de la Cuarta, hasta que un día el encargado le dijo que si se salía de las drogas le contrataba, y don Francisco se salió y ahora es un reputado mesero que sabe poner acento italiano para dar más autenticidad al establecimiento.

Pero creo que por lo general los gamines acaban en fosas comunes.

James me contó que cuando vino a Bogotá hizo varios amigos intelectuales y metidos en política. Al poco, y tras una sucesión de decepciones, el hábito drogota fue a más y dos de ellos acabaron en el Cartucho (antedecesor del Bronx). James y otros del grupo fueron a buscarlos. Uno accedió a irse a una finca de rehabilitación, pero el otro, que agradeció las buenas intenciones de sus parseros, dijo que él se sentía bien, que allí las cosas estaban más claras. Murió un par de años después.

Y aquí llegamos de nuevo al “instante fatal” , ese momento en que según Sartre quedamos estigmatizados de por vida. Pocos señalamientos queman más que el de “gamín”. Seguramente la primera vez que un joven escucha que le llaman eso ya sabe que ha empezado el final. Me pregunto si muchos, como el amigo de James, no lo verán un poco como una forma de encontrar sentido -o una capitulación honrosa ante el sentido, que más o menos es lo mismo.