viernes



La escuela, arrojada en algún lugar de los Andes, huele a tierra mojada y basuco.
Sebastián ha sido descubierto trepando por las paredes del baño para poder mirar a Leidi sentada en el retrete. Es el gran escándalo del momento. La directora ha llamado a un policía distrital, que ha venido con afiches sobre el maltrato a la mujer, sobre las penas por violación y estupro; palabras crípticas y amenazantes para Sebastián, que tiene trece años y es semianalfabeto.
No ha sido bastante con el agente y la directora me ha pedido que yo también le prevenga sobre la violencia sexual, ya que soy el único profesor varón, dijo, y -aunque no lo añadió supongo que estaba implícito- seguro que sé mucho porque lo llevamos todos en la sangre.
Sebastián acude afligido y cabizbajo al patio, donde le espero sin saber qué decirle.
Sebastián, carne de sicariato, hasta el momento gana una lucha contra la genética para ser bueno. Fue mi caso especial. Tardé un semestre en conseguir que sonriera, luego le enseñé a entender los relojes de agujas y a decir frases en inglés. Al final ya me buscaba y todo. Un día que le ayudé con la tarea se le aguaron los ojos y me dijo que yo sería un buen padre. En la comuna, claro está, los estándares son muy bajos: para estos niños, si no les apaleas ni apagas cigarrillos en sus espaldas, ya eres súper chévere.
Y ahora tengo que reñirle por mirarle la cuca a Leidi.
¿Qué decirle? Sebas, hombre, que un día te vas a desnucar…hay otras maneras, yo creo que le gustas, Leidi podría dejarte mirar mientras mea y lo que quieras, si juegas bien tus cartas, …O bien… vaya vaina con la directora, no la soporto, es una beata loca, yo a tu edad también hacía cosas así. Las sigo haciendo, de hecho, déjame que te cuente lo del sábado en el Quiebracanto…
-Lo siento mucho, profe –se adelanta Sebastián.
-No es nada Sebas, ya se les pasará.
-No. Si lo siento porque yo me quiero ir de acá, ande la mina distingo a unos manes que pagan bien.
-¿Quieres trabajar para los mismos tipos que nos amenazan?
-Sí, pero ellos no salen con estas huevonadas.
Y en ese momento sé que por mucho que yo insista él se irá.
Una vez fui con él y con media docena de las niñas al centro de la ciudad, donde la droga, para que vieran a los drogadictos, que son en lo que se pueden convertir si empiezan a darle al vicio y esas cosas. Para evitar que se me descontrolara, y como la oratoria del pórtense bien con mis alumnos por lo general es irrisoria, le dije que necesitaba que me ayudara, que éramos los únicos hombres del grupo y había chicas como Leidi y sus amigas, a las que tipos indeseables podrían morbosear. Se cuadró. Caminaba detrás de ellas, mirando a todas partes, vigilante. De vez en cuando me asentía con la cabeza, anunciándome que todo iba bien. De repente, un mendigo barbudo y pestífero fue hacia Leidi y le dijo hola niña bonita. Sebastián saltó sobre él. Lo tumbó y se sentó encima, inmovilizándolo. Con su rodilla le asfixiaba.
-¿Aprieto más, profe? –me preguntó.
-No…no hace falta…- balbuceé.