lunes


En India se ve gente morir de hambre en las calles.
A partir de ahí, atribuirle belleza o habilidades catárquicas al país me parece, cuanto menos, una canallada eurocéntrica más. India tiene una cultura reaccionaria y supersticiosa, un sistema político-económico que justificaría la ejecución de todo su gobierno, y unos habitantes que viven militantemente ajenos a la suerte de sus conciudadanos más desfavorecidos. Ninguno de entre nosotros querría vivir allí -ninguno podría-, así que evitemos la hipocresía de ensalzarla o justificar sus miserias según el tópico de “es que es otra cultura”.
Los voluntarios occidentales, bienintencionadamente, vamos a salvar al régimen, a cubrir sus deficiencias. Deberíamos de no hacer nada para que el Estado Indio tuviera que enfrentarse a su ineptitud ( hay hambre, pero el gobierno se gasta millones de dólares en armamento nuclear) y a la posibilidad de revueltas.
Aunque los que vamos a colaborar por lo menos no costamos dinero ni perjudicamos. Porque también hay cientos de ONG españolas, generalmente unipersonales y creadas por algún egomaníaco incompetente, que gastan impunemente el dinero “público” enajenado a los trabajadores ibéricos. Se les ve por ahí, en los hoteles, satisfechos, diciendo que han llevado medicinas algún pueblo perdido o alfabetizado a seis niños del slum. Gestas insignificantes por no tener continuidad ni haber sido planificadas, que deberían de competer al Estado Indio, y que junto con las dietas y copas, igual han costado miles de Euros.
Comparados con las intromisiones corruptas de las ONGs, las Misioneras de la Caridad son un ejemplo de entrega altruista. Ellas viven y mueren allí, entre “los más pobres de entre los pobres” (¡qué sentido tienen estas palabras cuando se ve aquello!), comparten su hambre, y no sacan tajada. Merece la pena pasarse por allí y ofrecer nuestro tiempo. Huelga decir que ni preguntan por nuestras creencias. Mientras no te asuste la miseria eres bienvenido.

jueves


Para colaborar con las hermanas hay que presentarse en la mother house y hablar con Sister Mercy Mary, entrañable ex marine tejana que reparte a los voluntarios en los distintos centros según las capacidades y necesidades del momento.
A mí me mandó a Kaligaht, barrio conocido por ser el distrito rojo y por tener un templo a Kali. El centro de allí es para enfermos desahuciados y fue el primero que creó la Madre Teresa. Se divide en dos pabellones independientes, uno para hombres y otro para mujeres. Los voluntarios son ubicados según pertenencia a una de las categorías.
La sala de los hombres (en la imagen) tiene unas cincuenta camas repartidas en tres filas. Casi todas están ocupadas. La mitad aproximadamente de los enfermos tienen la polio y dificultades para moverse. Muchos otros tienen infecciones severas en la piel que llegan a dejar el hueso a la vista. Abundan los parásitos intestinales y los síntomas de malnutrición (subsanada en la medida de lo posible allí, donde comen tres veces al día). Quizá muchos tienen Sida, pero no hay medios para comprobarlo.
La mayoría llegan a Kaligaht a pasar lo menos mal posible sus últimas semanas de vida..
Las tareas de voluntario consisten en cambiarles los pantalones a los que no pueden llegar al baño, darles de comer, masajear a los inmóviles para evitar infecciones, bañarles y darles en la medida de lo posible afecto. Una tarea dura. No es raro que alguno de los pacientes muera en nuestro turno.
También llama la atención lo desagradables que son las monjas y los veteranos con los novatos. No se dignan a perder el tiempo explicándoles nada y dejan claro que son más una carga que una ayuda. La razón, luego descubrimos, es la frecuencia de rotación de los voluntarios. Lo normal es que no se queden más de un día, con lo cual es una pérdida de tiempo dar instrucciones. Sin embargo, al cabo de tres o cuatro días, si ven que siguen viniendo y limpiando cacas sin protestar, su actitud cambia radicalmente y le aceptan e incorporan al equipo.