miércoles


Hay mañanas que amanezco en alguna casa elegantemente deshilachada del centro. A mi lado suele haber una ninfa a la que le gustó mi pose de bohemio atormentado y que me advierte somnolienta que no tiene mucho para desayunar. Al despedirme decimos que nos llamaremos, pero ninguno lo hace y el siguiente encuentro –semanas o meses más tarde y casi siempre imprevisto- es engorroso. Puede que vuelva a verla porque teníamos amigos comunes o exhibíamos compromiso en las mismas causas, pero siempre estará la misma sensación de incomodidad en el reencuentro (Y que decir tiene si ella va con su chico guapo de la mano o yo con Jara. ¡Qué forzado es todo!¡Cuánta impostura!) La liberación sexual tiene eso, nos permite coleccionar personas con las que preferiríamos no toparnos.