lunes

ENTREVISTA CON JUANMA AGULLES



Juanma Agulles (Alicante, 1977) tiene un libro de cuentos, colaboraciones dispersas, algún premio literario y un diploma que anuncia que es sociólogo. Ha trabajado de albañil, gasolinero y en un centro para personas sin hogar. También ayudó a fundar la revista Cuadernos del Tábano y en el 2008 publicó Non Legor, non legar (Literatura y subversión), una recopilación de interesantísimos ensayos breves sobre literatura y crítica social. Este año además verá la luz Sociología, estatismo y dominación social, en la editorial Brulot.
Ahora vive en Madrid.
Hace frío y nos vemos en el Café Comercial.



P-Has estado en contacto con la locura, ¿qué significación tiene para ti la locura? ¿Quién determina la diferencia entre locura y disidencia?
R-La significación que yo le doy se enmarca en el análisis de las condiciones sociales de dominación que producen los desórdenes mentales. Este es al menos el punto de partida que trato de desarrollar en el artículo «La locura de un siglo alienadamente cuerdo». Ahí recojo también algunas claves para responder a tu segunda pregunta sobre quién determina los límites entre locura y disidencia. Estoy lejos de adoptar una definición romántica de la locura, pero me parece que hoy nos encontramos en una situación que puede resumirse en «tu mente contra tu cuerpo», donde la medicalización masiva ante las condiciones de desposesión social juega un papel muy importante. Algunas publicaciones que han abordado temas de anti-psiquiatría como Enajenadxs o El rayo que no cesa han tratado el tema de la enfermedad mental desde posiciones que comparto.


P-También veo que hablas mucho de la ciudad. ¿Se puede habitar hoy la ciudad?
R-Mi interés por la ciudad y las implicaciones del desarrollo urbano viene desde mi época de estudiante de Sociología; por eso me especialicé en «sociología urbana». En el artículo del libro «Ciudad usurpada, ciudad okupada», trato de responder a las teorías de la supuesta emancipación que supone la vida urbana, y que muchas teorías revolucionarias o críticas han alentado a lo largo del siglo XX. En las condiciones actuales, las supuestas ventajas liberadoras de la vida en las ciudades deben ser puestas en duda y sometidas a consideración crítica: la realidad es tozuda. Desde la vida alienada en las urbes de los países llamados «desarrollados» hasta las terribles condiciones de vida en las megalópolis de los países más pobres, los límites de la ciudad, su falsa promesa de emancipación, se han visto impugnados. De modo que una crítica social coherente debe asumir la crítica del hecho urbano en todas sus dimensiones.



P-¿Se puede escribir sin ser cómplice?
R-Hoy en día me parece que toda actividad que uno emprenda está sujeta a grandes contradicciones. Escribir también. Yo he tratado de asumir esas contradicciones y seguir escribiendo. Escribir a pesar de la desesperación, escribir con ella; quizá se pueda resumir así mi postura actual. En cualquier caso, hay un margen de influencia (muy pequeño) al que se puede acceder a través de una escritura crítica. Fuera de ese pequeño margen, la opción individual de escribir o no carece de relevancia respecto al compromiso que se adquiere en la transformación social. En determinado momento se puso de moda la figura de un escritor cínico, que miraba todo como desde fuera, adoptando poses viriles bastante ridículas, al estilo de los Ungry Young Men del siglo pasado. A estas alturas, quien sigue jugando a eso me parece que está fatalmente equivocado.



P-¿Podemos salvar a Bukowski de sus seguidores?
R-Yo he sido muy lector del viejo Hank, y creo que hay algunos aspectos de su obra muy interesantes; aunque los que más han trascendido, y más se han imitado, no son precisamente los que a mí más me gustan. El anti-intelectualismo, la pose viril y cierto cinismo práctico, son recursos que sus imitadores han utilizado hasta la saciedad y que, para mí, carecen de interés. Para desgracia del «viejo indecente» su influencia se ha dejado notar en un tipo de literatura muy banal, del tipo Virgine Despentes, o aquella «juventud caníbal» italiana que aquí tuvo una efímera influencia, o las aportaciones nacionales con obras de tan dudosa calidad como las de Ray Loriga, Miguel Ángel Mañas, Pedro Maestre o Jo Alexander. Seguramente, Bukowski fue mucho mejor poeta que narrador, y ahí están sus Madrigales de la pensión como ejemplo.



P- ¿Por qué, como dices, «Sartre da miedo»?
R-Mi opinión sobre Sartre ha ido variando con el tiempo. Creo que su existencialismo, en determinado momento histórico, fue muy influyente y necesario. Curiosamente, hoy su obra es irrecuperable para los términos en que se da la crítica social. Por lo menos en el estado español; en Latinoamérica aún se pueden encontrar ediciones de sus obras y se lo tiene más en cuenta como pensador. Como filósofo, Sartre tenía la ventaja de que su sistema no llevaba a la inacción (que es lo que casi toda la filosofía acaba haciendo); como escritor supo muy bien encontrar la manera de dar salida a sus ideas filosóficas a través de la ficción, y eso es quizá lo que más me interesa de su obra. Su opción de defender la violencia política del FLN contra el estado francés en Argelia puede verse como una expresión de la decadencia del intelectualismo europeo, pero desde luego esa postura era mucho más honesta que otras.


P-En el artículo «Los discursos del miedo» me ha parecido entender que en el fondo demandamos tener miedo…
R-En realidad, el artículo trata de desentrañar la manera en que los discursos sobre el peligro que constantemente nos acecha, sobre el miedo que todos debemos tener, acaban por generalizar una demanda de esos mismos discursos, como sustitutos de otras sensaciones vitales en franco retroceso desde hace tiempo como, por ejemplo, la pasión por la creación y contemplación de la belleza o la lucha por la transformación social. En ese sentido, el orden social presente puede considerarse como garante del terror. La amenaza constante que los medios difunden a diario, si la observamos sin apasionamiento, responde a una lógica terrorista, y mientras no seamos capaces de sustraernos a ella, las condiciones sociales seguirán intactas.



P-Entonces, el hedonismo, el disfrute presente, ¿es una condena o una liberación?
R-Creo que esta cita del artículo «Impresiones solares» (aunque citarse a uno mismo sea de dudoso gusto) puede responder en parte a tu pregunta:
«No es cierto que esta sea la época de un despreocupado vivir el presente. La marca de nuestro tiempo es la de un estado de choque tras una honda impresión de inhumanidad que asume acríticamente su hoy porque no puede entender su ayer y cree que no tiene mañana».
Sin duda, el hedonismo ha sido aceptado y en el orden actual cumple un papel muy importante como anestésico social. La transformación de las actuales condiciones sociales requeriría de un gran esfuerzo y de determinadas renuncias que no muchas personas están dispuestas a asumir. Constatar que exigir la liberación personal «aquí y ahora» colabora para mantenerlo todo en su sitio, no es más que un primer paso para empezar a hablar de las condiciones necesarias en que se podría dar una hipotética liberación colectiva.



En libro se distribuye en “circuitos alternativos” (o sea que es difícil de encontrar). Se puede pedir directamente: editabano@hotmail.com

miércoles


Querido Bernard-Henri Lévy:
Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.
Michel Houellebecq

Merodeando por La Casa del Libro me he encontrado con una sorpresa: Michel Houellebecq -el sismógrafo, el gran cabrón o, en definitiva, el autor vivo más brillante- ha publicado un libro de correspondencias con Bernard-Henri Lévy, tal vez el mejor ejemplo de intelectual mediático, anodino y sobrevalorado que se pueda concebir.
Enemigos públicos. La cosa prometía. Lo he degustado al momento.

El duelo de titanes rezuma tan mala leche como se podía esperar y hace las veces de confesión, autobiografía y exhibición de apestosos eczemas. Son mails intercambiados entre enero y junio del 2008, por lo que coinciden con la publicación de la autobiografía de la madre de Houellebecq, muy insultante con su retoño. Nuestro héroe contesta con toda la contundencia esperada -ya sabíamos que odia a su madre, hasta en eso tiene estilo- y cuenta, no tan paradójicamente, con la solidaridad de Lévy. Ambos se saben perseguidos por una legión de odiadores profesionales que utilizan cualquier arma disponible. Y por encima de todo priman la fraternidad de los cabezas de turco voluntarios.

Houellebecq y Lévy por lo demás, dedican las trescientas páginas a marcar distancias entre sí y con el mundo, a autodenigrarse y a la vez defenderse. Recuerdan sus infancias, divagan sobre política, religión y sus libros. El primero explica por qué pasa de todo, y el segundo argumenta que todavía es necesario el compromiso y posicionarse. Se despiden, claro está, sin concilio posible.

Magnífico, hasta Lévy cae bien.

Enemigos públicos está publicado por Anagrama.

sábado


Estoy con Charlie en la Plaza de Santa Ana. Vemos docenas de jóvenes que se congregan en botellón. Beben y ríen pero sobre todo tiemblan. Hace un frío siberiano en Madrid. A ratos incluso llueve, pero ellos persisten. Todo el año se reúnen en la calle y mientras sea lo que hace todo el mundo, seguirán haciéndolo sin rechistar. Así son las alegres pandillas de jóvenes españoles, la Gran Secta ¡Sólo se actúa en grupo, nadie desentona! Valientes catervas.
Charlie me dice que siempre estoy igual, metiéndome con los jóvenes que se divierten, con Madrid, con los diletantes. Me pregunta que de dónde sale tanto odio. Le respondo que es obvio: es el odio amargo de un amor no correspondido.
Es tarde. Vuelvo a casa y leo a Gombrowicz. Llevo más de la mitad de sus 800 páginas del Diario y no consigo ver dónde reside su genialidad. Fernando el Deconstructivista me habló de él como de un gurú que transformaría mi concepción de la vida, pero la verdad es que -salvo el opúsculo contra los poetas- todo lo que consigo entender me parece frívolo. Tiene algo de lenguaje críptico, de insinuaciones con guiño a los versados, como si sus revelaciones fueran demasiado trasgresoras para explicitarlas. A mí, más bien, me parece que domina un poco el arte de aparentar ser más interesante de lo que realmente es.