martes



Leo La Era Rock (1953-2003) de Jordi Sierra i Fabra.
El libro tiene algo de manual definitivo que se agradece. Curioso y útil para conocer las historias de todos los figurantes a los que las masas han tributado adoración en los últimos cincuenta años, no consigue empero que el profano consiga entender cómo una música tan estandarizada pueda todavía hoy conmover a nadie.
Tuvo su gracia al principio, esto del Rock, con su osadía tonal y la mezcla de estilos, pero medio siglo con la misma matraca es demasiado tiempo. Es un género agotado e inerte, producido en serie y con un mensaje de rebeldía sencillamente pueril. Además, trasladado fuera de los países anglosajones no es más que un pegote aséptico, incapaz de transformar nada puesto que nadie lo entiende ¡qué bochorno ver a centenares de adolescentes que no saben pedir un café en inglés decir que Nirvana les llega hondo!
Desde el principio surgió para los jóvenes solventes de las sociedades postindustriales. O sea, siempre fue negocio y como tal sobrevive. Surgirán más bandas y se seguirá escuchando muchos años más, pero su validez y consistencia artística, si alguna vez la tuvo, está extinta. Es hora de transmutarlo o finiquitarlo, y buscar otro medios de expresión genuinos e innovadores.

La cosa fue más o menos así. En el comienzo fue Dios, luego el Leviatán. Al primero lo matamos y el segundo se expandió tanto que ya no sabíamos ni como asirlo. Nos quedamos sin rompeolas frente al miedo. No por azar vino la liberación sexual y creímos encontrar una nueva plenitud. Miramos a la otra mitad de nuestra especie y ya no vimos un opuesto sino un complemento. De nuevo ya no estábamos solos, la Pareja iba a salvarnos. Por supuesto esta nueva panacea era aun más endeble que los anteriores, pero no lo sabíamos.
Hasta que tomemos conciencia del engaño del Otro seguiremos entrando en los bares como animalitos ansiosos que suplican ser mirados.

jueves

MIKE DAVIS. OTEANDO EL SLUM



Se nos dice que la mayoría de la población mundial vive en ciudades, pero no se nos explica que “ciudad” está entendido es su sentido más amplio, incluyendo las periferias hiperdegradadas de los países subdesarrollados. El slum* es la realidad en la que viven más de mil millones de personas en todo el planeta. Son océanos de infraviviendas que crecen en torno a los centros urbanos, hechas de material desechado, sin planificación ni servicios, sin autoridad estatal, a veces violentos y siempre insalubres. Pueden cobijar a unos centenares de personas, como en Europa, o a millones, como en Kenia. Sus habitantes están excluidos del bienestar, pero no necesariamente del Sistema. Muchos trabajan, pero sus sueldos no les permiten pagar el transporte, por lo que tienen que buscar alojamiento cerca de sus empleos; en el Sur, allí donde hay bonanza económica -zonas financieras, centro comerciales,…- crecen los asentamientos a una distancia prudencial, para que los friegaplatos y conserjes puedan ser puntales sin tener que pagarles en autobús.
En vastas regiones del globo es la forma urbana predominante, el equivalente de la marcha a la ciudad que caracterizó la modernidad europea. Sin embargo el slum no es muy tratado en círculos intelectuales e inexistente en la cultura de masas. Visitarlo una vez en la vida o, por lo menos, ser conscientes de su existencia es necesario para entender en mundo en el que vivimos.
Mike Davis publicó en España Planeta de ciudades miseria, que los expertos en la materia consideran flojo, pero que a los que no lo somos nos sirve como impagable introducción al tema. Davis se aproxima aquí a la características generales del slum y pronostica que será el escenario geopolítico del futuro.
En este libro se explica que ha crecido paulatinamente en los últimos años ante la desidia de los gobiernos afectados, que no han sabido o querido atajar estos lugares caóticos donde las enfermedades se expanden con facilidad y cualquier manifestación de la Naturaleza supone desastres humanitarios, ya que la construcción de infraviviendas se tolera porque se hace precisamente donde el terreno no vale nada por inhabitable: colinas con desprendimientos, en torno a ríos con crecidas, tierra fangosa, proximidad antihigiénica a vertederos…
También se niega cualquier conato de idealización anarquizante. En efecto, la autoridad estatal no existe en el slum (“la policía sólo entra para cobrar sus sobornos”) pero esto no ha generado autogobierno ni sentimiento comunitario. Priman las bandas y el abuso del menos débil contra el más débil. Las ONG occidentales son nefastas por canalizar la escasez de medios hacia el clientelismo y sólo las diversas sectas religiosas hacen las veces de sociedad civil.
A la vez se produce, al estar todo tan relacionado con la concentración de riqueza, un status quo de guerra no declarada en la que la minoría opulenta vive aterrorizada en condominios ultravigilados y la mayoría pauperizada reconcentra un odio que explota en distintas formas de violencia. De haber un proletariado en el sentido marxista existe aquí.
Podemos no querer ver el slum, hasta que caiga sobre nuestras cabezas.
La desalentadora dialéctica de zonas de seguridad contra lugares urbanos demoníacos nos lleva a una oscilación siniestra e incesante: noche tras noche helicópteros de combate acechan enemigos desconocidos en las estrechas calles de barrios miserables, arrojando fuego sobre chabolas o coches que huyen. Por la mañana la miseria replica con suicidas que provocan grandes explosiones. Si el imperio puede desplegar las tecnologías represivas de las que habla Orwell, sus oponentes tienen a los dioses del caos de su parte.
Davis termina así Planeta de ciudades miseria, anunciando la nueva expresión de la lucha de clases.

En una entrevista posterior pone de ejemplo ilustrativo la película Black Hawk Derribado. En ella se cuenta la derrota real sufrida por un comando de élite estadounidense en Somalia. Con toda la superioridad de su parte, son vencidos cuando los habitantes del slum convierten la ciudad en un avispero.

* (En español tenemos docenas de voces que lo nombran -ranchos, chabola, invasiones, barriadas, poblados…- pero su acepciones varían demasiado según los países, a veces son específicos de la realidad nacional y con frecuencia se refieren a las construcciones individuales pero no a su conjunto, o al urbanismo pero no a la estructuras. Así que por abreviar, y porque el término inglés es universal, unívoco y se refiere a la casa, su ubicación y al concepto, recurrimos a él: SLUM.)

domingo

ABBOTT. CRÓNICA DE UN APLASTAMIENTO



Le dije hace tiempo que no conozco otro camino. Nadie, si siquiera usted, aunque usted es quien más se ha aproximado y eso, en sí, es un hecho patético, me ha tendido una mano para ayudarme a ser un hombre mejor. Nadie.

Jack Henry Abbott nació en 1944. Fue hijo de un soldado americano y de una prostituta china. Creció en distintos hogares de acogida, donde nunca llegó a integrarse, y a los dieciséis años fue enviado a un reformatorio. Con dieciocho años trató de cobrar un cheque sin fondos y lo encarcelaron. A los veintiuno mató a golpes a otro preso y recibió una condena de 19 años. Intentó fugarse y pasó casi un lustro en una celda de asilamiento. En 1977 inició una correspondencia con Norman Mailer que acabaría recopilándose como el libro En el vientre de la bestia. Cartas desde la prisión. El éxito editorial y la presión de Mailer ayudaron a que consiguiera la condicional en 1981. Después de un mes en la calle, y tras una discusión, mató a un joven. Volvió a prisión, donde se suicidaría en el 2002.
Sólo había vivido 12 semanas de su vida adulta en libertad.
Su libro queda como testimonio de una vida aplastada. La cartas son más bien aullidos donde desgrana lo que es la prisión, el aniquilamiento del individuo, el sadismo de los guardianes, las palizas, las castas y traiciones de los propios presos. Describe lo que es sobreponerse al aislamiento sensorial, al abuso constante, a las drogas disfrazadas de tranquilizantes que le obligan a tragar.
Abbott es capaz contarlo. Su escritura es poderosa. En los cinco años que se pasó en aislamiento sólo podía tener contacto una vez al mes con su hermana, que le facilitaba libros seleccionados por un librero amigo. Abbott lo leyó todo y se nota: clásicos de la literatura, Hegel, existencialistas, Russell, poesía y Marx. Sobre todo a Marx. Con él analiza todo el sufrimiento y la opresión que le rodea. Desde su celda imagina un mundo donde los pobres y humillados de las periferias caen justicieros sobre los poderosos. Abbott ha forjado sus ideas revolucionarias a partir del dolor y el daño inflingido a su carne y a sus nervios durante una vida entre rejas (Mailer). La conciencia política le mantiene vivo, con mente de acero.
En otras cartas deja claro que quiere entender al Hombre, tiene una necesidad casi infantil de sentir emociones positivas. No he tenido contacto corporal con otro ser humano en casi veinte años excepto la lucha, en actos de violencia. No cree en Dios y carece de una visión purificadora de la muerte, ni todo el horror que ha vivido le lleva al alivio de cierto sentido religioso. Abbot no hace las paces. Jamás he aceptado que soy responsable de lo que me ha ocurrido. El adoctrinamiento en esa creencia nunca ha tenido éxito conmigo. Esa es la única razón de que haya pasado tanto tiempo en la cárcel.

En el vientre de la bestia no se lee impunemente. Como Abbott hay millones de personas encerradas hasta incapacitarlas para la vida en el exterior. Gente cuyo delito inicial fue la pobreza: no pudieron pagar su libertad y el Estado los convirtió en criminales. Es la intrahistoria de los sumideros del planeta.



Hay una manada de escritores actuales que son embanderados por ministerios y editoriales afines como el no va más de la narrativa española.  Casualidades de la vida, son todos burgueses progres asalariados del grupo Prisa, intrascendentes social o políticamente,  y hacedores de una literatura banal, artificiosa, sin alimento.
Javier Marías, Millás, Grandes y demás ralea son, como escritores, un fraude. Ganan premios y salen por la tele solo porque encajan en el canon de la Cultura de la Transición, o sea, elaboran zeitgeist para la monarquía partitocrática. Sin eso serían escribidores anónimos del montón.
No son estúpidos, empero. Es evidente que leen mucho, que se han formado; por ello tienen que ser conscientes de su mediocridad y de que si tenemos cambio de régimen, por mínimo que sea, perderán su razón de ser y serán arrojados al olvido como lo fueron los poetas de franquismo o los novelistas sociales de los cincuenta.    

jueves

DRIEU. VIVIR PARA INMOLARSE



Él sólo era capaz de una acción hermosa: destruirse. Esa destrucción sería su homenaje a la vida, el único del que sería capaz.

En Pierre Drieu La Rochelle (París 1893-1945) la herida supura. Es el maldito entre los malditos, al atormentado, el colaboracionista, el chivo expiatorio. Dedicó toda su obra a hablar de decadencia y suicido. Al final consiguió ser coherente: tras la Liberación, rechazó huir, justificó su adhesión a Vichy y le ahorró balas a los gaullistas con una sobredosis de barbitúricos. Dejó libros que hoy sólo se encuentran en bibliotecas y librerías de viejo, todo está descatalogado. Para leerle hay que escarbar aquí y allá.
Sin embargo leer sobre él sí es accesible. Además de en Internet, hay varias biografías publicadas. La más reciente y divulgada es la de Enrique López Viejo, Pierre Drieu La Rochelle, El aciago seductor (Ed. Melusina), muy recomendable como introducción al autor y a la época. Además no quiere justificar retroactivamente a Drieu. Lo presenta tal cual era, un dandi, fascista y misántropo que utilizaba a las mujeres para ascender socialmente, un tipo a veces delirante, frustrado y rencoroso que toda su vida quiso morir. Imposible no quererle.
Como escritor nunca fue valorado como merece. Sin duda sus afinidades juegan en contra. O tal vez no es un literato propiamente dicho, no hay grandes novelas en su haber, ni grandes personajes. Sus libros –los que conozco al menos- son autobiografías en las que enumera y exhibe sus apestosos eccemas.
Leí hace años el magnífico Gilles, que cuenta la historia de un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial que busca su sitio en la Francia de los veinte. Tras pobrar con el matrimonio, la socialdemocracia, el arte y demás vicios pequeño burgueses, decide que lo suyo es el fascismo y la autodestrucción. Termina marchando a España en plena guerra civil para unirse al alzamiento y poder morir en combate.
También recuerdo El fuego fatuo, de la que Louis Malle hizo una adaptación, digna pero demasiado libre, y que escrita en 1931 presenta con una modernidad pasmosa la adicción a la heroína. El protagonista, Alain (esta vez no es un trasunto del autor, sino de un amigo), deambula por las calles de París, mangoneando y a la caza del pico. Sólo por el pasaje final, narrado con frialdad, en la que Alain se pega un tiro en el corazón, Drieu ya merecería ser reivindicado.
Y hace poco conseguí Relato secreto y Exordio, publicados juntos y póstumamente. López Viejo lo considera de lo mejorcito, yo no diría tanto. El primero es el diario último –termina dos días antes de que se suicidara- y el segundo una especie de alegato ante un posible tribunal de la Resistencia. No se arrepiente. Reclamo la muerte es su última frase.
En fin. Eso es todo.

ESCORIA




Ya sabíamos que el fútbol tiene extraños poderes alquímicos: transforma a seres humanos en orangutanes. Ahora sabemos que también convierte a periodistas en escoria. Porque hay que ser escoria para reírse mientras le pasas por las narices dinero, móviles y tarjetas de crédito a un hombre que se muere de frío en las calles.

Hay una iniciativa en facebook para que este impresentable sea despedido. A falta de otra más expeditiva, invito a todo el mundo a unirse-espero lleguemos a los 100,000.

sábado

La Segunda Guerra Mundial pasó por el jardín de casa de mi abuela. Ella vivía en Bucarest cuando la entrada de los soviéticos. A los veinte años se escondía de los bombardeos en refugios, esquivaba soldados borrachos y contemplaba desde su habitación las resistencias finales del ejército alemán.
A mí todo eso –que sabía por mi padre- me fascinaba. La última vez que fuimos a Rumanía para verla yo tenía trece años y deseaba interrogarla; quería vivir todo aquello a través de ella, que sus descripciones me hicieran sentir la Historia.
Al principio fue reticente, pero acabó complaciéndome. Claro que aquello no fue como yo esperaba.
Le pregunté cómo eran los desfiles y las banderas, el olor a pólvora, la emoción de las masas en movimiento…Pero ella de todo de lo que me hablaba era de que en el 44, por las restricciones de le época, su hermana no tenía botas para el invierno y eso le angustiaba. Me enseñó las cartas que intercambiaba con sus primos del pueblo. Tenían fechas que según la enciclopedia coincidían con los avances rusos y grandes batallas, pero en esa correspondencia no se leía nada de eso. Todo eran consejos y preocupaciones sobre las malditas botas, por hervir bien el agua antes de beberla y hasta por poner unos tabiques que reforzaran el techo.
-Pero abuela ¡Estás tonta!¡Viviste la guerra europea y todo lo que te preocupaban eran nimiedades!-le grité.
-Mi hermana Elsa…el invierno…-recuerdo que murmuró antes de dar por finalizada la lección de Historia.
Al año siguiente mi abuela murió.
Huelga decir que ahora comprendo que la preocupación porque tu hermana tenga unas buenas botas para aguantar el frío balcánico es más importante que ver a cuatro chalados pegando tiros.

lunes


En India se ve gente morir de hambre en las calles.
A partir de ahí, atribuirle belleza o habilidades catárquicas al país me parece, cuanto menos, una canallada eurocéntrica más. India tiene una cultura reaccionaria y supersticiosa, un sistema político-económico que justificaría la ejecución de todo su gobierno, y unos habitantes que viven militantemente ajenos a la suerte de sus conciudadanos más desfavorecidos. Ninguno de entre nosotros querría vivir allí -ninguno podría-, así que evitemos la hipocresía de ensalzarla o justificar sus miserias según el tópico de “es que es otra cultura”.
Los voluntarios occidentales, bienintencionadamente, vamos a salvar al régimen, a cubrir sus deficiencias. Deberíamos de no hacer nada para que el Estado Indio tuviera que enfrentarse a su ineptitud ( hay hambre, pero el gobierno se gasta millones de dólares en armamento nuclear) y a la posibilidad de revueltas.
Aunque los que vamos a colaborar por lo menos no costamos dinero ni perjudicamos. Porque también hay cientos de ONG españolas, generalmente unipersonales y creadas por algún egomaníaco incompetente, que gastan impunemente el dinero “público” enajenado a los trabajadores ibéricos. Se les ve por ahí, en los hoteles, satisfechos, diciendo que han llevado medicinas algún pueblo perdido o alfabetizado a seis niños del slum. Gestas insignificantes por no tener continuidad ni haber sido planificadas, que deberían de competer al Estado Indio, y que junto con las dietas y copas, igual han costado miles de Euros.
Comparados con las intromisiones corruptas de las ONGs, las Misioneras de la Caridad son un ejemplo de entrega altruista. Ellas viven y mueren allí, entre “los más pobres de entre los pobres” (¡qué sentido tienen estas palabras cuando se ve aquello!), comparten su hambre, y no sacan tajada. Merece la pena pasarse por allí y ofrecer nuestro tiempo. Huelga decir que ni preguntan por nuestras creencias. Mientras no te asuste la miseria eres bienvenido.

jueves


Para colaborar con las hermanas hay que presentarse en la mother house y hablar con Sister Mercy Mary, entrañable ex marine tejana que reparte a los voluntarios en los distintos centros según las capacidades y necesidades del momento.
A mí me mandó a Kaligaht, barrio conocido por ser el distrito rojo y por tener un templo a Kali. El centro de allí es para enfermos desahuciados y fue el primero que creó la Madre Teresa. Se divide en dos pabellones independientes, uno para hombres y otro para mujeres. Los voluntarios son ubicados según pertenencia a una de las categorías.
La sala de los hombres (en la imagen) tiene unas cincuenta camas repartidas en tres filas. Casi todas están ocupadas. La mitad aproximadamente de los enfermos tienen la polio y dificultades para moverse. Muchos otros tienen infecciones severas en la piel que llegan a dejar el hueso a la vista. Abundan los parásitos intestinales y los síntomas de malnutrición (subsanada en la medida de lo posible allí, donde comen tres veces al día). Quizá muchos tienen Sida, pero no hay medios para comprobarlo.
La mayoría llegan a Kaligaht a pasar lo menos mal posible sus últimas semanas de vida..
Las tareas de voluntario consisten en cambiarles los pantalones a los que no pueden llegar al baño, darles de comer, masajear a los inmóviles para evitar infecciones, bañarles y darles en la medida de lo posible afecto. Una tarea dura. No es raro que alguno de los pacientes muera en nuestro turno.
También llama la atención lo desagradables que son las monjas y los veteranos con los novatos. No se dignan a perder el tiempo explicándoles nada y dejan claro que son más una carga que una ayuda. La razón, luego descubrimos, es la frecuencia de rotación de los voluntarios. Lo normal es que no se queden más de un día, con lo cual es una pérdida de tiempo dar instrucciones. Sin embargo, al cabo de tres o cuatro días, si ven que siguen viniendo y limpiando cacas sin protestar, su actitud cambia radicalmente y le aceptan e incorporan al equipo.

miércoles


Hay mañanas que amanezco en alguna casa elegantemente deshilachada del centro. A mi lado suele haber una ninfa a la que le gustó mi pose de bohemio atormentado y que me advierte somnolienta que no tiene mucho para desayunar. Al despedirme decimos que nos llamaremos, pero ninguno lo hace y el siguiente encuentro –semanas o meses más tarde y casi siempre imprevisto- es engorroso. Puede que vuelva a verla porque teníamos amigos comunes o exhibíamos compromiso en las mismas causas, pero siempre estará la misma sensación de incomodidad en el reencuentro (Y que decir tiene si ella va con su chico guapo de la mano o yo con Jara. ¡Qué forzado es todo!¡Cuánta impostura!) La liberación sexual tiene eso, nos permite coleccionar personas con las que preferiríamos no toparnos.

viernes

SAN VALENTÍN POSTINDUSTRIAL


Guy Debord es el artífice del Situacionismo, movimiento político-artístico decisivo durante aquellos macro-botellones de Mayo del 68. Su principal aportación, de Debord digo, al mundo de los pensantes es la noción de "Espectáculo"; o sea, el capitalismo en tal grado de acumulación que ha creado una realidad artificial para alienarnos a placer y ocultar lo esclavizados que estamos. (En efecto, sus teorías llegaron a Hollywood -vía Baudrillard - e inspiraron esa película en la que Kenau Reeves lucha contra el Agente Smith)
Se puede decir que esta argumentación apesta a idealismo platónico: la Vida no puede ser sólo esto, tiene que haber en algún lugar otro mundo mejor. Nuestra caverna es el capitalismo occidental, si lo destruimos saldremos al exterior y todo será luz y autenticidad.
Por ejemplo, sobre el amor en tiempos burgueses, Debord dice en algún lado: Los jóvenes han podido elegir entre el amor y el cubo de basura. La mayoría de las veces se han quedado con lo segundo.
Analicemos la frase.
Vivimos nuestras relaciones en el cubo de basura. Es cierto, pocos lo negarán. Tragamos mierda para que la cosa funcione. Nos conformamos, hemos madurado y no esperamos más. Sin embargo, nos dice Debord -y las teleseries-, existe el Amor, somewhere out of this world, esperando a que rompamos con las convenciones sociales, seamos libres para sentir sin miedos y cantemos de la mano de nuestras parejas la llegada de la Era de Acuario.
En fin.
Ahora vayamos con la némesis de Debord, Clement Rosset.
Rosset decía que desarrollamos la Teoría del Doble ante la incapacidad de asimilar lo idiota e insignificante que es lo Real. El romanticismo es la prueba. El Amor es el doble, idealizado y trascendental, que concebimos ante el horror de la fétida cotidianidad. Todo nuestro equilibrio mental se basa en este escapismo. Rosset nos desafía a que nos dejemos de pamplinas. El cubo de basura es horrible pero al menos no es un delirio. Es lo Real.

(retrato de Chuck hecho por Nerea Miauw)

lunes



Público, un periódico de histéricos y de sonrojante servilismo gubernamental, está ofertando cada sábado libros de pensamiento crítico por 1 Euro. Gracias a ello están de nuevo en circulación clásicos como Lenin o Gramsci, pero también textos modernos como el imprescindible Bienestar insuficiente, democracia incompleta de Vincenç Navarro o la antología de artículos Manuel Sacristán.
Yo acudo cada sábado al kiosko en busca de mi dosis de insurgencia filosófica.
Este último fin de semana tocaba Elogio de la intoleracia de Slavoj Zizek.
Impresionante. Sólo las primeras frases sobrecogen y anuncian que estamos ante un autor que se sale del guión de progre postmoderno:
La prensa liberal nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista,…), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural.
Pero, ¿es realmente así?¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía?
A partir de ahí elabora una defensa del pensamiento fuerte, dogmático y economicista, que pueda hacer frente al mundo postideológico que el que vivimos, donde sólo se habla de matices y nunca de lo que realmente nos afecta. Hay que ser intolerantes frente al Cotarro y no renunciar a llamar a las cosas por su nombre: es hora de sacudirse las pulgas de la Teoría Francesa, que nos dicen que no podemos enunciar nada porque nuestras palabras están contaminadas, y que ya todo es una cuestión de género, identidad y minorías - encubriendo que de hecho TODO es una cuestión de economía y las formas de vida alternativas y los roles de género son caspa en la superestructura. Hay que ir más allá para entender, al meollo estructural.
Elogio de a intolerancia no tiene un desarrollo muy ordenado y parece que es una selección de artículos dispersos, pero tal vez por ello es tan fácil de leer. De Zizek hay muchos libros publicados y artículos en la Red. Hay deberes por hacer.

ENTREVISTA CON JUANMA AGULLES



Juanma Agulles (Alicante, 1977) tiene un libro de cuentos, colaboraciones dispersas, algún premio literario y un diploma que anuncia que es sociólogo. Ha trabajado de albañil, gasolinero y en un centro para personas sin hogar. También ayudó a fundar la revista Cuadernos del Tábano y en el 2008 publicó Non Legor, non legar (Literatura y subversión), una recopilación de interesantísimos ensayos breves sobre literatura y crítica social. Este año además verá la luz Sociología, estatismo y dominación social, en la editorial Brulot.
Ahora vive en Madrid.
Hace frío y nos vemos en el Café Comercial.



P-Has estado en contacto con la locura, ¿qué significación tiene para ti la locura? ¿Quién determina la diferencia entre locura y disidencia?
R-La significación que yo le doy se enmarca en el análisis de las condiciones sociales de dominación que producen los desórdenes mentales. Este es al menos el punto de partida que trato de desarrollar en el artículo «La locura de un siglo alienadamente cuerdo». Ahí recojo también algunas claves para responder a tu segunda pregunta sobre quién determina los límites entre locura y disidencia. Estoy lejos de adoptar una definición romántica de la locura, pero me parece que hoy nos encontramos en una situación que puede resumirse en «tu mente contra tu cuerpo», donde la medicalización masiva ante las condiciones de desposesión social juega un papel muy importante. Algunas publicaciones que han abordado temas de anti-psiquiatría como Enajenadxs o El rayo que no cesa han tratado el tema de la enfermedad mental desde posiciones que comparto.


P-También veo que hablas mucho de la ciudad. ¿Se puede habitar hoy la ciudad?
R-Mi interés por la ciudad y las implicaciones del desarrollo urbano viene desde mi época de estudiante de Sociología; por eso me especialicé en «sociología urbana». En el artículo del libro «Ciudad usurpada, ciudad okupada», trato de responder a las teorías de la supuesta emancipación que supone la vida urbana, y que muchas teorías revolucionarias o críticas han alentado a lo largo del siglo XX. En las condiciones actuales, las supuestas ventajas liberadoras de la vida en las ciudades deben ser puestas en duda y sometidas a consideración crítica: la realidad es tozuda. Desde la vida alienada en las urbes de los países llamados «desarrollados» hasta las terribles condiciones de vida en las megalópolis de los países más pobres, los límites de la ciudad, su falsa promesa de emancipación, se han visto impugnados. De modo que una crítica social coherente debe asumir la crítica del hecho urbano en todas sus dimensiones.



P-¿Se puede escribir sin ser cómplice?
R-Hoy en día me parece que toda actividad que uno emprenda está sujeta a grandes contradicciones. Escribir también. Yo he tratado de asumir esas contradicciones y seguir escribiendo. Escribir a pesar de la desesperación, escribir con ella; quizá se pueda resumir así mi postura actual. En cualquier caso, hay un margen de influencia (muy pequeño) al que se puede acceder a través de una escritura crítica. Fuera de ese pequeño margen, la opción individual de escribir o no carece de relevancia respecto al compromiso que se adquiere en la transformación social. En determinado momento se puso de moda la figura de un escritor cínico, que miraba todo como desde fuera, adoptando poses viriles bastante ridículas, al estilo de los Ungry Young Men del siglo pasado. A estas alturas, quien sigue jugando a eso me parece que está fatalmente equivocado.



P-¿Podemos salvar a Bukowski de sus seguidores?
R-Yo he sido muy lector del viejo Hank, y creo que hay algunos aspectos de su obra muy interesantes; aunque los que más han trascendido, y más se han imitado, no son precisamente los que a mí más me gustan. El anti-intelectualismo, la pose viril y cierto cinismo práctico, son recursos que sus imitadores han utilizado hasta la saciedad y que, para mí, carecen de interés. Para desgracia del «viejo indecente» su influencia se ha dejado notar en un tipo de literatura muy banal, del tipo Virgine Despentes, o aquella «juventud caníbal» italiana que aquí tuvo una efímera influencia, o las aportaciones nacionales con obras de tan dudosa calidad como las de Ray Loriga, Miguel Ángel Mañas, Pedro Maestre o Jo Alexander. Seguramente, Bukowski fue mucho mejor poeta que narrador, y ahí están sus Madrigales de la pensión como ejemplo.



P- ¿Por qué, como dices, «Sartre da miedo»?
R-Mi opinión sobre Sartre ha ido variando con el tiempo. Creo que su existencialismo, en determinado momento histórico, fue muy influyente y necesario. Curiosamente, hoy su obra es irrecuperable para los términos en que se da la crítica social. Por lo menos en el estado español; en Latinoamérica aún se pueden encontrar ediciones de sus obras y se lo tiene más en cuenta como pensador. Como filósofo, Sartre tenía la ventaja de que su sistema no llevaba a la inacción (que es lo que casi toda la filosofía acaba haciendo); como escritor supo muy bien encontrar la manera de dar salida a sus ideas filosóficas a través de la ficción, y eso es quizá lo que más me interesa de su obra. Su opción de defender la violencia política del FLN contra el estado francés en Argelia puede verse como una expresión de la decadencia del intelectualismo europeo, pero desde luego esa postura era mucho más honesta que otras.


P-En el artículo «Los discursos del miedo» me ha parecido entender que en el fondo demandamos tener miedo…
R-En realidad, el artículo trata de desentrañar la manera en que los discursos sobre el peligro que constantemente nos acecha, sobre el miedo que todos debemos tener, acaban por generalizar una demanda de esos mismos discursos, como sustitutos de otras sensaciones vitales en franco retroceso desde hace tiempo como, por ejemplo, la pasión por la creación y contemplación de la belleza o la lucha por la transformación social. En ese sentido, el orden social presente puede considerarse como garante del terror. La amenaza constante que los medios difunden a diario, si la observamos sin apasionamiento, responde a una lógica terrorista, y mientras no seamos capaces de sustraernos a ella, las condiciones sociales seguirán intactas.



P-Entonces, el hedonismo, el disfrute presente, ¿es una condena o una liberación?
R-Creo que esta cita del artículo «Impresiones solares» (aunque citarse a uno mismo sea de dudoso gusto) puede responder en parte a tu pregunta:
«No es cierto que esta sea la época de un despreocupado vivir el presente. La marca de nuestro tiempo es la de un estado de choque tras una honda impresión de inhumanidad que asume acríticamente su hoy porque no puede entender su ayer y cree que no tiene mañana».
Sin duda, el hedonismo ha sido aceptado y en el orden actual cumple un papel muy importante como anestésico social. La transformación de las actuales condiciones sociales requeriría de un gran esfuerzo y de determinadas renuncias que no muchas personas están dispuestas a asumir. Constatar que exigir la liberación personal «aquí y ahora» colabora para mantenerlo todo en su sitio, no es más que un primer paso para empezar a hablar de las condiciones necesarias en que se podría dar una hipotética liberación colectiva.



En libro se distribuye en “circuitos alternativos” (o sea que es difícil de encontrar). Se puede pedir directamente: editabano@hotmail.com

miércoles


Querido Bernard-Henri Lévy:
Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.
Michel Houellebecq

Merodeando por La Casa del Libro me he encontrado con una sorpresa: Michel Houellebecq -el sismógrafo, el gran cabrón o, en definitiva, el autor vivo más brillante- ha publicado un libro de correspondencias con Bernard-Henri Lévy, tal vez el mejor ejemplo de intelectual mediático, anodino y sobrevalorado que se pueda concebir.
Enemigos públicos. La cosa prometía. Lo he degustado al momento.

El duelo de titanes rezuma tan mala leche como se podía esperar y hace las veces de confesión, autobiografía y exhibición de apestosos eczemas. Son mails intercambiados entre enero y junio del 2008, por lo que coinciden con la publicación de la autobiografía de la madre de Houellebecq, muy insultante con su retoño. Nuestro héroe contesta con toda la contundencia esperada -ya sabíamos que odia a su madre, hasta en eso tiene estilo- y cuenta, no tan paradójicamente, con la solidaridad de Lévy. Ambos se saben perseguidos por una legión de odiadores profesionales que utilizan cualquier arma disponible. Y por encima de todo priman la fraternidad de los cabezas de turco voluntarios.

Houellebecq y Lévy por lo demás, dedican las trescientas páginas a marcar distancias entre sí y con el mundo, a autodenigrarse y a la vez defenderse. Recuerdan sus infancias, divagan sobre política, religión y sus libros. El primero explica por qué pasa de todo, y el segundo argumenta que todavía es necesario el compromiso y posicionarse. Se despiden, claro está, sin concilio posible.

Magnífico, hasta Lévy cae bien.

Enemigos públicos está publicado por Anagrama.

sábado


Estoy con Charlie en la Plaza de Santa Ana. Vemos docenas de jóvenes que se congregan en botellón. Beben y ríen pero sobre todo tiemblan. Hace un frío siberiano en Madrid. A ratos incluso llueve, pero ellos persisten. Todo el año se reúnen en la calle y mientras sea lo que hace todo el mundo, seguirán haciéndolo sin rechistar. Así son las alegres pandillas de jóvenes españoles, la Gran Secta ¡Sólo se actúa en grupo, nadie desentona! Valientes catervas.
Charlie me dice que siempre estoy igual, metiéndome con los jóvenes que se divierten, con Madrid, con los diletantes. Me pregunta que de dónde sale tanto odio. Le respondo que es obvio: es el odio amargo de un amor no correspondido.
Es tarde. Vuelvo a casa y leo a Gombrowicz. Llevo más de la mitad de sus 800 páginas del Diario y no consigo ver dónde reside su genialidad. Fernando el Deconstructivista me habló de él como de un gurú que transformaría mi concepción de la vida, pero la verdad es que -salvo el opúsculo contra los poetas- todo lo que consigo entender me parece frívolo. Tiene algo de lenguaje críptico, de insinuaciones con guiño a los versados, como si sus revelaciones fueran demasiado trasgresoras para explicitarlas. A mí, más bien, me parece que domina un poco el arte de aparentar ser más interesante de lo que realmente es.