jueves




Estoy en la biblioteca; leo sobre Kant y me obnubilo. Sus exigencias de la racionalidad son sobrecogedoras por geniales: 1) piensa por ti mismo; 2) piensa en lugar del otro, o sea, ponte en el lugar de otro; y 3) tras pasar por 1 y 2 revisa la coherencia de tu propio pensamiento.

Luego salgo a la calle y experimento un leve picor de incredulidad que acaba convirtiéndose en un eccema de perplejidad para cuando llego a casa.

1)     “Piensa por ti mismo” ¿quién puede hacer eso? Es imposible elaborar un pensamiento desde la nada. De alguna manera, hasta al más libre de los hombres mastica pensamientos ajenos. Algunos tenemos conciencia de ello y por lo menos buscamos fuentes de manipulación alternativas. Pero la mayoría de nuestros conciudadanos se limita a repetir sentencias de los noticieros cuando hablan de política o estribillos de éxitos pop cuando explican la mecánica de sus relaciones personales.      

2)     “Ponte el lugar del otro”. Para ello todos los hombres tendrían que moverse en universos simbólicos mínimamente sintonizables. “¿qué carajos hace un tipo leyendo sobre un tal Kant en su día libre?” se pregunta el regetonero. “¿qué clase de ser humano se fríe el cerebro con reggetón” me pregunto yo. Y a partir de ahí, el desencuentro está garantizado, principalmente porque en ninguno de los dos casos hay voluntad de comprender al otro.

3)     “Sé coherente tras contrastar tu pensamiento” ¿busca el ser humano la coherencia o meramente la supervivencia, esa supervivencia mundana del ir tirando? Más que coherencia, lo que necesitamos son ideas para enfrentar la vida, y más que verdaderas buscamos que sean útiles. Mi amigo el regetonero ha llegado hasta los veinte con la convicción de que pintar en la puerta de su coche a una sirena con pezones en forma de escudo del Real Madrid es lo más súper alucinante de mundo. Y puede que lo sea, pero ni yo hasta alturas lo creeré jamás, ni él se va a poner a leer a Kant.

Y sin embargo ambos seguimos vivos.

La vida. Igual es una base más sólida que la razón.          

martes



Tertulia con unos visitantes de provincias en La Central de Callao; coinciden todos en abominar Madrid.
Puedo entender que alguien diga que un pueblo minúsculo o un paisaje montañoso no sean del agrado de uno. Tendría sentido porque las posibilidades son pocas y unilaterales. Pero decir, o casi sentenciar, “no me gusta Madrid” -que es una ciudad inasible, múltiple e indeterminada, donde hay miles de caminos para reinventarse, vivir y actuar- es algo que se me escapa.
Igual todos estos visitantes que reaccionan ante la megalópolis añorando la rutina, los rostros sempiternos y el olor a pescado de sus terruños, lo que rechazan acá es precisamente la falta de vinculaciones preestablecidas y una libertad individual a ratos plena.         


“El Barça es más que un club”.
El Barcelona, como el Real Madrid y el Alcoyano, no es de hecho nada más un club.
Y los clubes de fútbol son empresas que enriquecen a hampones de corbatas caras haciendo que millones de indocumentados se olviden de lo miserables que son.
El Barcelona, como el Real Madrid y el Alcoyano, es una banalidad, y si lo dejamos en eso es equiparable a una mala película, a la pornografía o David Bisbal: espacios de relajación, trivialidades culturales que tal vez sean inclusos necesarios para la salubridad social.
Pero quien insiste en que un equipo de fútbol es más que un club, quien llora, politiza, se indigna, celebra y grita por lo que acontece a once analfabetos en calzoncillos, o es un cínico histriónico, o un inmaduro patológico.
En ambos casos, un tipo lamentable.