martes



Tertulia con unos visitantes de provincias en La Central de Callao; coinciden todos en abominar Madrid.
Puedo entender que alguien diga que un pueblo minúsculo o un paisaje montañoso no sean del agrado de uno. Tendría sentido porque las posibilidades son pocas y unilaterales. Pero decir, o casi sentenciar, “no me gusta Madrid” -que es una ciudad inasible, múltiple e indeterminada, donde hay miles de caminos para reinventarse, vivir y actuar- es algo que se me escapa.
Igual todos estos visitantes que reaccionan ante la megalópolis añorando la rutina, los rostros sempiternos y el olor a pescado de sus terruños, lo que rechazan acá es precisamente la falta de vinculaciones preestablecidas y una libertad individual a ratos plena.         


“El Barça es más que un club”.
El Barcelona, como el Real Madrid y el Alcoyano, no es de hecho nada más un club.
Y los clubes de fútbol son empresas que enriquecen a hampones de corbatas caras haciendo que millones de indocumentados se olviden de lo miserables que son.
El Barcelona, como el Real Madrid y el Alcoyano, es una banalidad, y si lo dejamos en eso es equiparable a una mala película, a la pornografía o David Bisbal: espacios de relajación, trivialidades culturales que tal vez sean inclusos necesarios para la salubridad social.
Pero quien insiste en que un equipo de fútbol es más que un club, quien llora, politiza, se indigna, celebra y grita por lo que acontece a once analfabetos en calzoncillos, o es un cínico histriónico, o un inmaduro patológico.
En ambos casos, un tipo lamentable.