miércoles




Halloween es una de esas fiestas que la geocultura capitalista nos impone. Se oyen voces coléricas que dan noticia de su oposición, pero pronto se ahogan entre risas y el zumbido de las ondas magnéticas.

Charlie y yo pretendemos ser vampiros en un restaurante americano en plena Plaza de Colón. Festejamos con personas provenientes de todos los rincones del mundo; todos alegres, todos con maquillajes y disfraces de personajes del terror hollywoodiense, bromeando en un inglés estándar.

Me cuentan que el día de los difuntos en España en el pasado era una cosa fúnebre y triste. Ahora es banal. Una banalidad global. Haciendo el tonto allí nos comportábamos como lo hacen nuestros coetáneos en cualquier otro país, nos hermanamos con ellos. Sin embargo antes, yendo con nuestras abuelas a colocar estampitas de la Virgen de la Merced en las sepulturas, éramos leales a nuestros orígenes.

Pero ¿quién quiere ser leal a su origen? Allí no hay nada, solo imposición y cadenas. Afortunadamente las reestructuraciones de la sociedad postindustrial y las nuevas costumbres transnacionales han acabado con los localismos y sepultado para siempre el mundo donde nacimos. La globalización nos arranca de las certezas del terruño; o sea, nos hace libres. Tal vez deberíamos redirigirla hacia destinos más dignos, luchar por controlarla, pero no lamentar nunca la herencia de la que nos ha liberado y los horizontes que nos ha abierto.

martes



Goethe dijo que el hombre es hijo de dos mujeres, la madre que lo produce y la amante que lo transforma.
Jara ha vuelto a Madrid para pasar unas semanas de vacaciones.
Quedo con ella y paseamos por un barrio de Tribunal gris y algo tristón, como vaciado de bullicios pretéritos. Jara me habla con cariño; pero siento, como desde el primer día, que en su fuero interno le soy indiferente. Resulta sin embargo una charla de interés y me doy cuenta de lo mucho que he aprendido con ella, de cómo me han configurado todos estos años orbitando en torno a su ombligo. Quien yo soy hoy es la conclusión de aquél  descarriado que la conoció por accidente hace ya muchos años.
Siempre pensé que ella merecía cierta gratitud, pero ya no. Igual a estas alturas ya no debemos lealtad a la amante transformadora, como sin duda no se la debemos  a la madre que nos dio la vida en un primer momento. Ahora que estamos cuajados es tiempo de evitar las relaciones epifánicas, y reservar nuestros afectos simplemente hacia quien nos trata bien, sin pretender además educarnos. 

sábado



Ahora que ya no brilla y sus pechos parecen tubérculos mullidos, Jara ha descubierto el interiorismo espiritual.  Se ha unido a un culto chanca karma hare hare.

Me habla de la conquista del equilibrio, de la fuerza de la conciencia y de cosas por el estilo. Lo hace, hay que decir, con cierta gesticulación y artificiosidad, como si todavía estuviera probando su nuevo personaje.

Me invita a una charla en Chamberí de su gurú, que es un francés de buena planta, algo amanerado y vestido como un tapiz persa. Todo gira en torno a la muerte, o mejor, la no muerte, o sea que no morimos si no que nos reintegramos en los flujos de energía de los que venimos.

Por supuesto eso son boberías.

Aunque lo del gurú tiene su mérito, ha hecho que durante dos horas su docena de oyentes hayamos estado pensando en nuestro propio deceso. Tanto hablar del fin de la vida corporal, que hemos tenido que encarar esta fatalidad en la que habitualmente intentamos no reparar. Como sigo pensando que al morir nos espera la nada, al menos para mí ha sido desasosegante. Jara, que por mucho que repita jerigonza transmigratoria, tampoco es de realidades extrasensoriales, también se ha angustiado.

Hemos tenido follar.