domingo



Releo los textos apologéticos de Bruce Chatwin sobre el nomadismo, esos que hace años provocaron que me lanzara a recorrer otros continentes, y siento exactamente los mismos impulsos de echarme a la carretera que entonces. Pero me doy cuenta de que ahora no tengo dinero casi ni para la tarjeta mensual del metro, y al momento me desinflo.  
Josep Pla rememora su juventud viajera y dice con escepticismo que fue meramente el producto del valor de la peseta tras la Primera Guerra Mundial. Yo sospecho que a nuestra generación mochilera le pasó un poco lo mismo: no eran búsquedas espirituales o compromisos con los desahuciados del globo, más bien era que la cosa marchaba bien y teníamos euros en los bolsillos.  

jueves



El frío resulta más llevadero que la canícula veraniega. No hay rostros rojos anegados en sudor, ni una lascivia ambiental canalizada en rabia. Además vestimos ropa abundante donde caben más libros, así que los desplazamientos en transporte público se hacen incluso intelectualmente reconfortantes.
Recibo una llamada de mi amiga Vero, que vive en Rivas, y me invita a visitar su redecorado hogar. Contento porque ida y vuelta hasta el sur son casi dos horas de metro –o sea que me podré leer un libro de extensión media-, me apresuro hacia el encuentro.
Medio Baroja después llego a su casa, donde todo sigue siendo igualmente grato. Nos sentamos sobre unos cojines mayas muy cómodos, bebemos un estupendo té importado, y nos obnubilamos con una música chill out de embriagadores cantos tibetanos. La charla deja pronto atrás las banalidades introductorias, y en seguida hablamos –más bien se trata de un monólogo mío- sobre las cosas de la vida, de la cultura y de lo que nos deparará el mañana. 
De repente, como de tapadillo, Vero interrumpe mi brillante disquisición sobre la superación de la posmodernidad para informarme de que cumple cuarenta años en Noviembre próximo, y que no ha encontrado a un hombre confiable con el que tener hijos. Como sospecho que la filosofía contemporánea no entra en sus inquietudes momentáneas, escucho. Me dice que ha prescindido de la idea de una pareja sentimental, pero que busca a alguien con quien procrear.
Me mira con fijeza inquisitorial y yo siento un aguijonazo en el estómago. Inicialmente tartamudeo, pero luego me recompongo. La idea me conmueve tanto como me irrita, porque lo que me propone significa desordenar mi vida, prósperamente basada en una feroz apatía existencial.
Respondo con un cortés ya lo pensaré y me retiro. A la vuelta, por supuesto, ya no puedo seguir con Baroja.

lunes



Charlie y yo estamos enclavados de un bar de Malasaña entre gente más joven y feliz  que nosotros.
A nuestro lado se sienta un grupo de ninfas postindustriales. Hablan de chicos y relaciones mientras ríen y se sienten gratamente observadas.
Aparece entonces otra ninfa con un chico parecido a Justin Biber del brazo.
Se saludan todos y la pareja se sienta con el grupo.
Tras un breve silencio, una de las amigas le dice a la recién llegada:
-Tu novio es muy guapo.
 La ninfa responde:
-Gracias. 
El chico permanece impertérrito y mudo.
Por supuesto se comprende que a las ninfas postindustriales el feminismo les parezca un excentricidad, y en el mejor de los casos, una moda inofensiva.