jueves

24.09.15



Un amigo colombiano me escribió para pedirme que fuera a buscar a su prima al aeropuerto, que venía de nuevas a Madrid. Llegué pronto y relajado, sin la inquietud ni la obsesión horaria de quien va a viajar, y paseé por las instalaciones.

En las zonas próximas a los puestos de facturación se arremolinaban adolescentes de ambos sexos con peinados vorticistas y conversaciones excitadas. A su alrededor se levantaban pilas de maletas. Oí que volaban a Dublín. Recordé lo que me impresionó vivir allí siendo yo un veinteañero; pero lamenté que aquella muchachada fuera demasiado joven para entender que visitaban un país bien gestionado. Los grupos de adolescentes son un material humano granítico. Cohesionados por hormonas y miedos, no tienen curiosidad por algo que no sean ellos mismos. Llegarán a uno de esos suburbios limpios, prósperos y verdes, y no buscarán otra cosa que locales nocturnos con música chunda chunda y copas baratas. Pronto les parecerá que el clima es malo y que todo es demasiado tranquilo. Enjuiciarán la amabilidad irlandesa como blanda e irrisoria. Extrañarán la bronca y el cemento. Se juntarán solo entre españoles para contar chistes cerriles y desearse sin consecuencias. Volverán a casa de sus padres, unos meses después, sin que nada les haya tocado. Para viajar, mejor esperar un poco -y hacerlo solo.

Uno no puede ni podrá nunca dejar de tener expectativas con respecto a las mujeres desconocidas. La prima en cuestión resultó ser atractiva, y con entusiasmo cargué sus maletas. En el viaje en metro, luego cenando por el centro, y hasta que la acompañé a su hostel, charlamos. O habló ella, la verdad. Resultó ser muy de monólogos; monólogos que se originaban principalmente del análisis que hacía de las pocas palabras que yo atinaba a decir. Bastante menos perspicaz de lo que se creía, pretendió calarme al instante, y consideró un divertido juego desentrañarme. Es demasiado cansino eso de que quieran llegar a tu cerebro entrando por los pies. No daba ni una y fue irritante. Ella no vio que mi interés erótico se evaporó a los dos minutos de conocerla, y aun se imaginaba coqueteando. Me fui visiblemente irritado, pero ella se despidió invitándome a que superara mis timideces. Hay gente que con la que no tenemos empatía ni para desagradarnos mutuamente.

(Y lo peor es que si hubiera sido fea ni siquiera la hubiera acompañado más allá de la estación de metro. Soy un esclavo que ya no sabe ni de qué).

Antes de acostarme cometí el error de mirar Facebook. Me apareció una fotografía de la tripa de Jara con el subtítulo: “gestando vida”. Luego imágenes de ella sonriente abrazando al feliz turco que la preñó, con el mar -creo que Egeo- de fondo; una hermosa casa en la playa; y luego el tipo solo con unos premios de diseño industrial, “my succesful boyfriend” se nos informa.

Anegado en bilis luego no pude dormir. Francisco Umbral dice que nunca matamos a los demonios interiores, que simplemente a cierta edad se nos aburren. Pero -añado yo- a veces vuelven esporádicamente para tronar en nuestras cabezas, por aquello de los viejos tiempos.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Demonios familiares ensuciando de cocacola y hormonas caminos de iniciación,casando a quien no queremos o no queremos querer con quien pone su felicidad en ilusiones domesticas, y regala ternuras sin diseciones de maestro de novicios.
Ya que vamos a vivir siempre con ellos, habrá que elegir el que menos rastro de azufre deje en nuestro cuarto:las reglas de los monjes,los celos diferidos, los berridos del niño si pones en el crió el sentido de la vida,ligar en el papel de adorador, o dejando pistas de quien creemos ser, a ver si las siguen o las orejeras de lo ya visto, nos hacen invisibles o desconocidos para nosotros mismos...muy difícil lo de estar solo