lunes

compromiso





Cuando volví a España lo hice entre otras cosas con la idea de militar políticamente. No quería limitarme a leer la prensa para enrabietarme, o ir a una manifestación de vez en cuando y darme palmaditas en la espalda por ello. Lo que quería era formar parte activa de esta nueva reestructuración nacional que estamos viviendo. 

Además he leído mucho a Sartre como para no implicarme. Él hablaba de la “razón constituida” y la “razón constituyente”; la primera era la disciplina del partido, la segunda la subjetividad crítica: del conflicto entre ambas surge “el hombre”. Esto significa, si no entiendo mal, que con el casi heroico equilibrio entre las necesidades de la política y las nuestras propias, nos hacemos gente responsable.

Por supuesto el imaginario actual nos lleva a orillas opuestas. En las películas y novelas actuales –sobre todo las españolas- el protagonista suele ser un “militante desencantando”, alguien que se ha vuelto cínico o desilusionado, y ha dejado atrás la política para convertirse al sexo contemplativo o el individualismo hedonista. Este personaje es ya un cliché manido como la prostituta bondadosa redentora y el policía al que los malos matan una semana antes de su jubilación.  

Así que por rebelión existencial y estética, me estoy implicando en política. Acato la jerarquía de un partido emergente; obedezco y mando. Y tal vez sea por lo confuso y acelerado del tiempo que vivimos, pero estoy ascendiendo dentro del organigrama. Da vértido. 

13.4.15



Charlie vuelve a acertar. Dice que las citas con chicas son como entrevistas de trabajo, con preguntas malintencionadas y tramposas, donde nunca sabes cuánta verdad puedes desvelar.  Un estrés innecesario, sentencia.

Cada vez me gusta más quedar con Charlie. Recuerdo hace casi veinte años, cuando trabajábamos en los cines de Manoteras. Se emborrachaba y buscaba pelea de madrugada en bares infectos.

Ahora tiene la serenidad de quien ya mató a sus dragones.

viernes

10.4.15



La ciudad empresarial del Banco de Santander está en Boadilla del Monte, a las afueras de Madrid. Hay una línea de metro de superficie que pasa por allí. Es una especie de tranvía nuevo y limpio, casi futurista. Al llegar a la ciudad empresarial, sin embargo, se nota cierta hostilidad al peatón, ya que todo está hecho para moverse en coche. Unos guardias de seguridad le dirigen a uno hacia su destino. En este caso era la exposición de arte de la Fundación. Como no se puede caminar por el recinto, un amable conserje llamó a un chófer que vino a buscarme exclusivamente a mí en un coche de la empresa.

Es bastante sorprendente tal despliegue gratuito y con el primer pollopera que se persona diciendo que quiere ver cuadros. La ruta es corta pero espectacular. Hay un campo de golf enorme y varios edificios modernísimos con amplios jardines bien recortados. Todo parece funcionar acompasada y eficientemente.

La sala de exposiciones de la Fundación es correcta. Tienen obras prescindibles, otras banales, y alguna conmovedora. Hay una pieza que simula ser un teatro, y en el que hay que entrar y ponerse unos auriculares, -y no desvelaré nada más, pero me pareció hermosísimo.     

Al terminar de ver todo aquello, que tampoco se tarda mucho, otro amable conserje vuelve a avisar al chófer que vuelve a recogerme y dejarme en la salida.

Todo ha sido suave, agradable y desconcertante. Esta ciudad empresarial se construyó, según parece, con pelotazo inmobiliario mediante. Se sabe que el dueño del banco en esos años era un tipejo bastante poco recomendable. Así que este sitio representa un poco lo peor del país en que vivimos; aunque si nos olvidamos su origen, la visita es gratificante.