jueves



Nicasio me pide que vaya a hacer bulto en una conferencia que imparte sobre economía en la Complutense. Acudo sobre todo para lucir canas ante sus amigos, a los que hace años que no veo pero que recuerdo con afecto. Llego, y para mi decepción, entre la exigua audiencia no reconozco a nadie. Cuando acaba la taifa, Nicasio me cita en la cafetería. Me cuenta que los correligionarios que conocí en sus años de buscarruidos se han ido todos.  Que si Sara investiga protones es Australia, que si Antonio analiza algas en Holanda, que si Zaira diseña iphones en Estados Unidos.  Le veo literalmente solo. Describe un exilio de talentos sobrecogedor. Él mismo está intentando irse. Dice que este país empieza a darle un asco tal que teme estar sicomatizándolo en un eczema que tiene en los testículos. Nos despedimos con un abrazo.

Hay una huelga de metro, así que de vuelta cojo un taxi que se mueve rápido bajo un cielo gris como el cemento. El chófer, un vallecano vivaracho y sociable, me sonríe por el espejo. Habla del frío que hace en Madrid y lo malo que está el tráfico. Le contesto con distraídos sí y no. Oigo sin escuchar. Ha comenzado mi fase biliosa.

Como quedarme quieto conmigo mismo cuando estoy así es una tortura, en vez de subir a mi apartamento, me pongo a pasear para ver si exudo un poco. Entro en un bar porque veo que tienen una pantalla con una película bélica, pero en seguida se me sientan al lado tres futboleros indistintos, que disertan sobre la rápida reincorporación de Messi al juego tras su lesión.  Se los ve felices y yo lamento no tener una pistola.

Salgo del local sin saber quién gana finalmente la guerra, si los asiáticos o los rubios. Y me voy a una librería, que siempre es un buen plan B cuando se me antoja el homicidio. En la puerta hay un vigilante de seguridad al que nadie parece ver y al que yo, en un exceso de humanidad, saludo cordial para que sepa que al menos para mí no es invisible. Él responde con un hola asténico.

Justo entonces recibo una llamada y pido a los dioses que sea alguien que quiera quedar conmigo.

Afortunadamente es C, una de mis amigas bipolares, que anegada en lágrimas, murmura que iba al viaducto a tirarse, pero que ahora han puesto una barandas de cristal y que así no hay manera, que si ya no tenemos derecho ni a eso (que está triste no lo dudo, pero sospecho que lo de inmolarse es más bien un toque melodramático para aderezar el llanto).

Le digo que vaya caminado hacia la plaza de los Cubos, que nos encontraremos en el Café y Té.

Tiene la mirada enrojecida y un vestido de fiesta magullado; también huele un poco mal. Todo indica que no ha dormido en mucho tiempo.

En efecto, me cuenta que hace dos días llamó a su padre al pueblo, y que éste le gritó guarra y puta, y que no llamara más, que él no tiene hija. Luego se fue de copas, y así ha seguido hasta ahora, que sale del after.

C siempre está con lo mismo. Su padre es un cafre brutal y su madre una ama de casa sin sustancia. Lleva intentando empatizar con ellos desde niña, pero siempre la rechazan. Lo último es que han descubierto que hace perfomaces desnuda, y para qué más. Ella se castiga con drogas e insomnios. Yo no lo comprendo.

Le propongo una vez más que deje a esa gente ya, que se puede vivir sin progenitores, y que además ella gana bien, que ni por dinero necesita seguir tratándolos. Replica que eso es imposible, que aunque queramos no querer a nuestros padres, inconscientemente lo hacemos. Yo le explico que eso es psicoanálisis de baratillo, que claro que podemos elegir no querer, y que negarse a aceptar esa posibilidad es cobardía.

Me dice que no entiende mis palabras pero que le hace bien hablar conmigo, que si puede acompañarme el resto del día. La perspectiva de cuidar de alguien que se siente peor que yo me anima. Mi angustia se evapora ya del todo.

24.09.15



Un amigo colombiano me escribió para pedirme que fuera a buscar a su prima al aeropuerto, que venía de nuevas a Madrid. Llegué pronto y relajado, sin la inquietud ni la obsesión horaria de quien va a viajar, y paseé por las instalaciones.

En las zonas próximas a los puestos de facturación se arremolinaban adolescentes de ambos sexos con peinados vorticistas y conversaciones excitadas. A su alrededor se levantaban pilas de maletas. Oí que volaban a Dublín. Recordé lo que me impresionó vivir allí siendo yo un veinteañero; pero lamenté que aquella muchachada fuera demasiado joven para entender que visitaban un país bien gestionado. Los grupos de adolescentes son un material humano granítico. Cohesionados por hormonas y miedos, no tienen curiosidad por algo que no sean ellos mismos. Llegarán a uno de esos suburbios limpios, prósperos y verdes, y no buscarán otra cosa que locales nocturnos con música chunda chunda y copas baratas. Pronto les parecerá que el clima es malo y que todo es demasiado tranquilo. Enjuiciarán la amabilidad irlandesa como blanda e irrisoria. Extrañarán la bronca y el cemento. Se juntarán solo entre españoles para contar chistes cerriles y desearse sin consecuencias. Volverán a casa de sus padres, unos meses después, sin que nada les haya tocado. Para viajar, mejor esperar un poco -y hacerlo solo.

Uno no puede ni podrá nunca dejar de tener expectativas con respecto a las mujeres desconocidas. La prima en cuestión resultó ser atractiva, y con entusiasmo cargué sus maletas. En el viaje en metro, luego cenando por el centro, y hasta que la acompañé a su hostel, charlamos. O habló ella, la verdad. Resultó ser muy de monólogos; monólogos que se originaban principalmente del análisis que hacía de las pocas palabras que yo atinaba a decir. Bastante menos perspicaz de lo que se creía, pretendió calarme al instante, y consideró un divertido juego desentrañarme. Es demasiado cansino eso de que quieran llegar a tu cerebro entrando por los pies. No daba ni una y fue irritante. Ella no vio que mi interés erótico se evaporó a los dos minutos de conocerla, y aun se imaginaba coqueteando. Me fui visiblemente irritado, pero ella se despidió invitándome a que superara mis timideces. Hay gente que con la que no tenemos empatía ni para desagradarnos mutuamente.

(Y lo peor es que si hubiera sido fea ni siquiera la hubiera acompañado más allá de la estación de metro. Soy un esclavo que ya no sabe ni de qué).

Antes de acostarme cometí el error de mirar Facebook. Me apareció una fotografía de la tripa de Jara con el subtítulo: “gestando vida”. Luego imágenes de ella sonriente abrazando al feliz turco que la preñó, con el mar -creo que Egeo- de fondo; una hermosa casa en la playa; y luego el tipo solo con unos premios de diseño industrial, “my succesful boyfriend” se nos informa.

Anegado en bilis luego no pude dormir. Francisco Umbral dice que nunca matamos a los demonios interiores, que simplemente a cierta edad se nos aburren. Pero -añado yo- a veces vuelven esporádicamente para tronar en nuestras cabezas, por aquello de los viejos tiempos.  

martes

22.09.15



Charlie y yo estamos en un bar del sur, uno de esos que tienen espejos con bordes herrumbrosos, el retrete es un agujero pestífero en el suelo, y al camarero le falta uno de los incisivos.

Conversamos sobre el toreo, cuya defensa es la nueva obsesión de Charlie –en efecto, su matrimonio no acaba de cuajar y le aburre el trabajo-, cuando una parroquiana canosa y extrovertida nos interrumpe para opinar.

Dice que su marido fue banderillero, y que aquello era un arte y que hay que ser muy valiente. Para evitar que Charlie y ella se enzarcen en una apologética que me inspire querer exiliarme de nuevo, inquiero a nuestra nueva contertulia sobre su vida actual.

Nos cuenta que malvive de una pensión no contributiva, que no tiene ni para unas gafas que necesita, y que se ha tenido que ir a vivir con su hija, a cuyo marido detesta, pero que no hay otra ya que no podía seguir pagando el alquiler tras enviudar.

Ella misma deriva hacia la política, donde se muestra muy preocupada por los nuevos partidos políticos, esos que “amenazan a la democracia”. El camarero mueco se une también para confirmar lo preocupantes que son esos nuevos populistas que no han entendido que “los españoles hemos vivido todos estos años por encima de nuestras posibilidades”. Charlie, mitad irónico, mitad sintiéndose en su salsa, les jalea aprobrando sus comentarios.

Al cabo de un rato salgo del bar algo dubitativo. No entiendo la preocupación de mis contertulios; o sea ¿qué privilegios sienten que pueden perder con posibles cambios políticos?, y ¿en qué excesos monetarios habían caído ellos en la última década como para que se puedan golpear el pecho acusándose de vivir por encima de sus posibilidades? 
Un día después sigo sin respuesta.