sábado

Vamos al hospital porque la abuela de Charlie se muere.
Ella está en su cama, y nos recibe blanca y sonriente; envuelta en cables y sondas; rodeada de hijos y nietos.
Se mantiene serena. Agarra el rosario y dice que le toca encontrarse con Cristo, que va a un sitio mejor. Conmueve ver la entereza que exhibe, que ha sido la misma de millones y millones de seres humanos que han muerto llenos de fe antes que ella. 
En los últimos instantes, los que no somos familiares próximos salimos de la habitación. Charlie se queda.
Ante una máquina de café pienso en sus palabras. 
No soy creyente, pero sospecho que si lo fuera tampoco sería un consuelo para mí. Yo no quiero ir a un cielo de mermelada a escuchar cantos de serafines. Quiero habitar para siempre aquí, entre hombres, en sus ciudades, con sus miserias. Que la la vida pueda seguir sin mí, aun cuando yo estuviera danzando etéreo en el olimpo, me aterra y me indigna.