jueves

Chía duerme a mi lado por cuarto año consecutivo. Y no parece que vaya a dejar de hacerlo -jura y perjura que es feliz.
Ambos somos profesionales más o menos valorados. Tenemos un hogar saludable donde espero que pronto crecerán niños sin grandes traumas.  
Lo que no acabo de entender es lo sencillo que ha sido, finalmente, llegar a esto. 

sábado

Vamos al hospital porque la abuela de Charlie se muere.
Ella está en su cama, y nos recibe blanca y sonriente; envuelta en cables y sondas; rodeada de hijos y nietos.
Se mantiene serena. Agarra el rosario y dice que le toca encontrarse con Cristo, que va a un sitio mejor. Conmueve ver la entereza que exhibe, que ha sido la misma de millones y millones de seres humanos que han muerto llenos de fe antes que ella. 
En los últimos instantes, los que no somos familiares próximos salimos de la habitación. Charlie se queda.
Ante una máquina de café pienso en sus palabras. 
No soy creyente, pero sospecho que si lo fuera tampoco sería un consuelo para mí. Yo no quiero ir a un cielo de mermelada a escuchar cantos de serafines. Quiero habitar para siempre aquí, entre hombres, en sus ciudades, con sus miserias. Que la la vida pueda seguir sin mí, aun cuando yo estuviera danzando etéreo en el olimpo, me aterra y me indigna.  

martes

 Charlie pierde novia y trabajo en una misma semana. Enfrenta días grises. Desapegado del mundo, solo ve contornos tétricos. Se arrastra de la cama a la calle y mientras camina entre homúnculos fantasea con lluvia radiactiva y un punto final. Todo es angustia.
-Nada importa y además morimos -me dice.
Le explico  que su visión es una fantasmagoría originada por el estado melancólico. Lo normal es valorar la existencia y tratar de merecerla. La derrota es abandonarse; la depresión injustificable.
Mis palabras, huelga añadir, le resbalan.

viernes

En un bar de Tirso de Molina, herrumbroso y sucio, nos reunimos unos cuantos diletantes del pensamiento los domingos al mediodía. Estamos leyendo poco a poco los tres volúmenes del opus de Immanuel Wallerstein sobre el sistema-mundo. Son mil quinientas páginas en conjunto donde el historiador marxista destripa los últimos cinco siglos de existencia occidental conjugando varios saberes (economía, sociología, epistemología, filosofía…).

Ajenos todos a la academia, mis contertulios tienen muy buen nivel, y se traen preparados los capítulos semanalmente. Utilizando a Wallerstein como marco, cada uno lleva la temática hasta otros terrenos y trata de cartografiar la situación actual de nuestro mundo. Tras estos maratones cerebrales quedamos agotados pero satisfechos de entender -acaso solo atisbar- un poco más de la realidad.           

Cuando se disuelve la tertulia, me queda tiempo para merodear por el centro y tal vez quedar con algún amigo. El último domingo quedé con A, que es una post ninfa (ya tiene 31 años) que ha descubierto a Bolaño. Me habla maravillada de los juegos metaliterarios, de lo ingenioso de alguno de sus cuentos, de la creación de espacios míticos en la literatura…y yo me aburro hasta lo indecible.

Tal vez acaba siendo una pérdida, pero cuando uno se sumerge en grandes pensadores para desentrañar sus complejidades, estos autores de mediopelo como Bolaño, Borges, Cortázar y compañía se presentan como meros divertimentos parvularios, como el consuelo de los que no pueden ir más allá. Puedo disfrutar de Stephen King, que sabe asustarte con estilo, y tal vez podría hacerlo con estos otros autores si nadie se empeñara en presentarlos como alta literatura cuando no son más que cuenteros con poquísimo alimento intelectual.