lunes



Facebook es cosa extraña, como un vecindario etéreo donde la proximidad parece aún mayor que en la calle. Es por esta red social que sigo un poco la vida de muchos de los coetáneos con los que crecí en España.

De mi promoción universitaria y las órbitas de amistades y familiares que los enlazan, por ejemplo, compruebo que lo de que cientos de miles de jóvenes talentos se han transterrado desde el 2007 es seguramente cierto. Veo a mucha gente que recuerdo como válida saludando desde el extranjero, demasiadas fotos con nieve de fondo. Y los que siguen en casa escriben que sueñan con salir o con poner bombas.

Por otro lado, entro en el perfil de Pablo, un chico de mi barrio que alcanzó cierta notoriedad por mearle encima a un vagabundo, y husmeo un archivo de fotografías llamado “Los de la Peña”. Allí se le ve a él con sus amigotes de la barra futbolera en distintos partidos y en las celebraciones posteriores, desde el 2006 hasta ahora. El grupo atraviesa inmutable la cronología. A veces salen con chicas, otras no, en unas fotos están sonrientes, en otras ebrios, gradualmente tienen menos pelo y más barriga, pero no desparecen las caras de ellos. Todos siguen enclavados en el país, puntuales a los llamados del deporte rey.

Esto me intranquiliza: lo grave no es tanto que los inteligentes se vayan como que los gañanes se están quedando todos.

domingo


No deberíamos tener derecho a ser felices hasta que el último habitante del globo lo fuera –o mejor, hasta que el último habitante del globo tuviera todas las condiciones materiales mínimas para iniciar libremente su pursuit of happiness.

miércoles




¿Es Bogotá una ciudad bonita? Honestamente, si un terremoto arrasara el 70% de la periferia citadina  respetando las vidas de sus moradores, podríamos decir que el planeta iba a amanecer un poco más hermoso y saludable.
Nuestro clima británico no ayuda, tampoco el smog de las busetas chatarra, y menos la urbanización caótica  y cutre que arrasó cualquier residuo arbolado. Bogotá es hoy una gama de grises: un sempiterno gris sobre nuestras cabezas,  un gris pegajoso y tóxico en nuestras narices, y un gris lunar bajo nuestros zapatos. 
Y sin embargo.
En un día claro la luz del sol reverbera sobre las montañas, que se hacen más presentes e irradian un verde cristalino y embriagador. Sobre ellas Monserrate parece acercarse, como si estirando el brazo pudiéramos tocarla. Y en la ladera las casas del centro histórico, sus iglesias, sus calles, emergen integradas y hermosas, y sospechamos que los Andes son aún más espectaculares por tener Candelaria a sus pies.