jueves


Acudo a una sala de teatro alternativo en Chapinero.

Sobre el escenario una serie de actores y actrices tratan de representar una historia de violencia y denuncia sobre los abusos a mujeres.
La particularidad es que se pasan desnudos la mayor parte del tiempo.
Reconozco que no presté atención a la trama, y que estuve admirando a una actriz estupenda que de vez en cuando declama versos de Benedetti vestida solo con un gorro azul.
Por otro lado, además de mi fijación con esta chica,  rijoso que es uno, en general no consigo ver en estas exhibiciones cárnicas  algo más que exhibiciones cárnicas. 

En las performances o manifestaciones supuestamente políticas que incluyen desnudos siempre sacan a chicas venusianas y formidables. Resultaría creíble si el desvelamiento cutáneo fuera de abuelitas, señoras gruesas, o mujeres con discapacidades. Allí la desnudez sí sería un mensaje fuera de sí misma.
Y en cuanto a los hombres, sobre todo son ellos los que hacen el nudismo algo totalmente impostado. En la obra de ayer, por ejemplo, podrías ver cómo se la pasaban pendientes de la longitud perfecta de sus apéndices: ni esplendorosa ni paupérrima, ese estado intermedio que luce grosor si poder ser acusada de erección. Si tan natural es su desnudo, pregunto, si les da igual mostrarse porque son seres angélicos y asexuales que solo pretenden hacer una denuncia política ¿cómo es que están en todo momento teniendo las mismas inquietudes de un adolescente lúbrico?


Paraguay me hizo bueno.

Hablando de transterrados, aquí uno de los grandes.

Rafael Barrett nació en el norte de España en 1876 en una familia hispano-inglesa de bolsillo solvente. Joven marchó a Madrid a buscar gloria literaria, pero más bien encontró una vida haragana, pendenciera y prostibularia. Tras pelear contra un aristócrata del alcurnia, tuvo más o menos que huir, y llegó a Argentina. De allí pasó como periodista al Paraguay, donde, hechizado por el país y soliviantado por sus injusticias, se instaló a los 29 años. Se metió en todos los conflictos políticos locales que pudo, se casó con una joven de Asunción, tuvo un hijo, y desarrolló una vasta obra periodística desde postulados anarco-vitalista-cristianos que según Roa Bastos marcó a toda una generación posterior de escritores paraguayos. 
A los 34 años se encuentra con los pulmones emponzoñados por la tuberculosis, y ve como única salida viajar a París, donde un célebre médico curaba la enfermedad, se decía, con aguas marinas. Murió al poco de llegar a Europa.

Gregorio Morán escribió recientemente una buena biografía, Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, y algunos de los artículos del propio Barrett se encuentran en compilaciones como Moralidades actuales (Ed. Pepitas de Calabaza) o Hacia el porvenir (Ed. Periférica).

sábado


La Universidad Nacional levanta el paro. Buena noticia, supongo, eso de que vuelvan las clases.
Allí, en la Nacho,  lo he pasado bien: aprendí cosas en sus conferencias e hice amigos en sus soportales. Pero la verdad es que esta universidad, como todas en general, me parece un poco un despropósito. Bajo sus sempiternas pintadas guerrilleras y las ovaciones revolucionarias, creo que inverna un núcleo fosilizado. No entiendo cómo se puede reunir a los mejores estudiantes del país en tan limitado –y hermoso- espacio, y que surja tan poco  ¿En qué o dónde se pierde el magma creativo que tendría que originar el chispeo de miles de cerebros privilegiados?