lunes

Para readapatarme, camino por la calle Hortaleza. Es una de esas calles por las que busqué años atrás esa felicidad lúbrica y alucinógena que nos prometen si nos hacemos modernillos, y que yo nunca encontré -o sí, no me fío de la memoria.
De repente oigo mi nombre; seguido de un "no me puedo creer que seas tú".
Reconozco a Pili, compañera de universidad, hace ya más de diez años.
Está gruesa y ajada, como el negativo de la ninfa lucífera que fue. En su mano tiene el libro ése del poliamor, la nueva chorrada trendintopic del momento.
Me besa y me abraza, está emocionada. Me lleva a un café hippie de Chueca.
-¿Te acuerdas de cuando nos liamos en una iglesia?
La verdad es que lo había olvidado.
-Sí, claro, fue genial.
Le intento hablar de Colombia, de los niños y la Fundación, pero ella parece refractaria. Le preocupa más explicarme que ha estado viviendo con Pablo, mi archienemigo de la Facultad, y me confirma que sigue siendo un pendejo. Luego sigue con la retahíla de amantes que ha tenido en estos años, y también lo de sus vistas a un club de intercambio de parejas.
Aquello me agota. Siento que habla desde la ninfa que fue al haragán que fui.
Me despido al cabo de un rato.
Normalmente este encuentro me deprimiría o me haría supurar bilis. Pero tengo otras cosas en las que pensar.
Mañana  Chía aterriza en Madrid.

domingo


Es una deleitable mañana de domingo y ella y yo desayunamos en casa. Hemos hechos huevos pericos y café; suena Brahms en el computador; no tenemos ningún compromiso inminente en la ciudad y leemos la prensa del día.
Entonces la veo sonreír y me fijo en que pasa las páginas del periódico indiferente a los textos. Comprendo que está alegre porque nos está visualizando desde fuera –es lo que Sartre llama “momento perfecto”, la existencia ha quedado reducida a la esencia, y la esencia es una malhadada imagen: la de nosotros siendo unilateralmente felices, aquí y ahora.
El instante tiene, pues, su incomodidad. Un comentario tonto por mi parte, limpiarme la nariz o derramar algo de café me costaría su odio por despertarla de nuevo en la existencia.
Procuro no hacer ningún ruido.         

jueves


En una entrevista, Estanislao Zuleta responde: El hombre tiene unas posibilidades inmensas. Lo normal es Mozart; lo anormal es un niño que no haga música.
Ese humanismo es conmovedor. O tal vez sea una impermeabilidad a lo real propia de un loco.
De cualquier manera siempre es preferible al cinismo postmoderno.

miércoles


Al igual que el siglo XX español cabe en una conversación de café entre Ortega y Unamuno, la Colombia de las últimas décadas podría entenderse como una oposición dialéctica entre las vidas y obras de  Estanislao Zuleta y Nicolás Gómez Dávila.

domingo

La literatura de Borges es mero parabolismo críptico, narraciones con alma de sudoku.




Borges está muy bien para amenizarte el café en Starbucks.



lunes



Facebook es cosa extraña, como un vecindario etéreo donde la proximidad parece aún mayor que en la calle. Es por esta red social que sigo un poco la vida de muchos de los coetáneos con los que crecí en España.

De mi promoción universitaria y las órbitas de amistades y familiares que los enlazan, por ejemplo, compruebo que lo de que cientos de miles de jóvenes talentos se han transterrado desde el 2007 es seguramente cierto. Veo a mucha gente que recuerdo como válida saludando desde el extranjero, demasiadas fotos con nieve de fondo. Y los que siguen en casa escriben que sueñan con salir o con poner bombas.

Por otro lado, entro en el perfil de Pablo, un chico de mi barrio que alcanzó cierta notoriedad por mearle encima a un vagabundo, y husmeo un archivo de fotografías llamado “Los de la Peña”. Allí se le ve a él con sus amigotes de la barra futbolera en distintos partidos y en las celebraciones posteriores, desde el 2006 hasta ahora. El grupo atraviesa inmutable la cronología. A veces salen con chicas, otras no, en unas fotos están sonrientes, en otras ebrios, gradualmente tienen menos pelo y más barriga, pero no desparecen las caras de ellos. Todos siguen enclavados en el país, puntuales a los llamados del deporte rey.

Esto me intranquiliza: lo grave no es tanto que los inteligentes se vayan como que los gañanes se están quedando todos.

domingo


No deberíamos tener derecho a ser felices hasta que el último habitante del globo lo fuera –o mejor, hasta que el último habitante del globo tuviera todas las condiciones materiales mínimas para iniciar libremente su pursuit of happiness.

miércoles




¿Es Bogotá una ciudad bonita? Honestamente, si un terremoto arrasara el 70% de la periferia citadina  respetando las vidas de sus moradores, podríamos decir que el planeta iba a amanecer un poco más hermoso y saludable.
Nuestro clima británico no ayuda, tampoco el smog de las busetas chatarra, y menos la urbanización caótica  y cutre que arrasó cualquier residuo arbolado. Bogotá es hoy una gama de grises: un sempiterno gris sobre nuestras cabezas,  un gris pegajoso y tóxico en nuestras narices, y un gris lunar bajo nuestros zapatos. 
Y sin embargo.
En un día claro la luz del sol reverbera sobre las montañas, que se hacen más presentes e irradian un verde cristalino y embriagador. Sobre ellas Monserrate parece acercarse, como si estirando el brazo pudiéramos tocarla. Y en la ladera las casas del centro histórico, sus iglesias, sus calles, emergen integradas y hermosas, y sospechamos que los Andes son aún más espectaculares por tener Candelaria a sus pies.  

jueves


Acudo a una sala de teatro alternativo en Chapinero.

Sobre el escenario una serie de actores y actrices tratan de representar una historia de violencia y denuncia sobre los abusos a mujeres.
La particularidad es que se pasan desnudos la mayor parte del tiempo.
Reconozco que no presté atención a la trama, y que estuve admirando a una actriz estupenda que de vez en cuando declama versos de Benedetti vestida solo con un gorro azul.
Por otro lado, además de mi fijación con esta chica,  rijoso que es uno, en general no consigo ver en estas exhibiciones cárnicas  algo más que exhibiciones cárnicas. 

En las performances o manifestaciones supuestamente políticas que incluyen desnudos siempre sacan a chicas venusianas y formidables. Resultaría creíble si el desvelamiento cutáneo fuera de abuelitas, señoras gruesas, o mujeres con discapacidades. Allí la desnudez sí sería un mensaje fuera de sí misma.
Y en cuanto a los hombres, sobre todo son ellos los que hacen el nudismo algo totalmente impostado. En la obra de ayer, por ejemplo, podrías ver cómo se la pasaban pendientes de la longitud perfecta de sus apéndices: ni esplendorosa ni paupérrima, ese estado intermedio que luce grosor si poder ser acusada de erección. Si tan natural es su desnudo, pregunto, si les da igual mostrarse porque son seres angélicos y asexuales que solo pretenden hacer una denuncia política ¿cómo es que están en todo momento teniendo las mismas inquietudes de un adolescente lúbrico?


Paraguay me hizo bueno.

Hablando de transterrados, aquí uno de los grandes.

Rafael Barrett nació en el norte de España en 1876 en una familia hispano-inglesa de bolsillo solvente. Joven marchó a Madrid a buscar gloria literaria, pero más bien encontró una vida haragana, pendenciera y prostibularia. Tras pelear contra un aristócrata del alcurnia, tuvo más o menos que huir, y llegó a Argentina. De allí pasó como periodista al Paraguay, donde, hechizado por el país y soliviantado por sus injusticias, se instaló a los 29 años. Se metió en todos los conflictos políticos locales que pudo, se casó con una joven de Asunción, tuvo un hijo, y desarrolló una vasta obra periodística desde postulados anarco-vitalista-cristianos que según Roa Bastos marcó a toda una generación posterior de escritores paraguayos. 
A los 34 años se encuentra con los pulmones emponzoñados por la tuberculosis, y ve como única salida viajar a París, donde un célebre médico curaba la enfermedad, se decía, con aguas marinas. Murió al poco de llegar a Europa.

Gregorio Morán escribió recientemente una buena biografía, Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, y algunos de los artículos del propio Barrett se encuentran en compilaciones como Moralidades actuales (Ed. Pepitas de Calabaza) o Hacia el porvenir (Ed. Periférica).

sábado


La Universidad Nacional levanta el paro. Buena noticia, supongo, eso de que vuelvan las clases.
Allí, en la Nacho,  lo he pasado bien: aprendí cosas en sus conferencias e hice amigos en sus soportales. Pero la verdad es que esta universidad, como todas en general, me parece un poco un despropósito. Bajo sus sempiternas pintadas guerrilleras y las ovaciones revolucionarias, creo que inverna un núcleo fosilizado. No entiendo cómo se puede reunir a los mejores estudiantes del país en tan limitado –y hermoso- espacio, y que surja tan poco  ¿En qué o dónde se pierde el magma creativo que tendría que originar el chispeo de miles de cerebros privilegiados? 

martes


La única poesía legible es la traducida desde otros idiomas. Viene limpia de ruido.


Madrid Río, esas obras imperiales, sin duda habrá dado votos, pero pronto quedará como algo retro y vergonzante. Todo está hecho desquiciando los ángulos y seseando las líneas. O sea, caro. Tras el 2007 ya nadie construye así y no pasará mucho hasta que este histrionismo urbano se perciba como algo caduco. No puede uno jugársela tanto remodelando la ciudad. Dentro de diez años, a más tardar, se querrá reelaborar lo erigido y ya seguramente no habrá dinero para hacerlo.  Tendrían que haber sido más contenidos. Y tal vez haber invertido el sobrante en adecentar los edificios hórridos que pueblan los alerones del Manzanares. Esa modernez fluvial rodeada de bloques cutres e incoloros dan un aire al sector que podríamos etiquetar, por resumir, de hortera.

Leo Reflexiones en torno a la cuestión judía de Jean Paul Sartre.
En el primer plano habla del antisemitismo, pero como todos los textos de calado, realmente perfila rasgos de la condición humana.
Hay fragmentos en donde si cambiamos la palabra “antisemita” por “nacionalista” -o cualquier otra ideología parvularia de las que vacían cerebros- la lectura sigue siendo fluida y coherente.