sábado


Un poco de historia nacional a brochazos. La Colombia contemporánea empezó el 9 de Abril de 1948 cuando Jorge Eliécer Gaitán, líder de una facción del Partido Liberal, fue acribillado por no se sabe orden de quién en la Séptima con Jiménez-justo donde ahora hay un McDonalds.

Los desarrapados, que le adoraban, culparon al gobierno conservador, se echaron a las calles y en las horas siguientes arrasaron la capital. Fue el llamado Bogotazo, que no duró mucho. Nada evitó empero que las guerrillas liberales se lanzaran al degüello en todo el país. Hubo respuesta de sus contrapartes conservadoras y los colombianos se pasaron los siguientes años con La Violencia, nombre bastante específico de lo que fue aquella guerra civil.

En 1956 el Partido Conservador y el Partido Liberal se reunieron en Benidorm, España, y, entre mojito y mojito, decidieron que llevarse bien era mejor para la salud, para sus bolsillos y para evitar que generales populistas sin apellidos bonitos se hicieran con el Cotarro (la breve experiencia dictatorial de Rojas Pinilla no pareció convercerles). Configuraron entonces el Frente Nacional, que básicamente era el turnismo en el Presidencia de ambos partidos: lo que es todo el mundo occidental llamamos democracia y que aquí, tal vez con mayor precisión semántica, se llamó dictadura oligárquica.

Un tal Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda, alias Tirofijo, antiguo guerrillero liberal, decidió que lo de Benidorm no iba con él y se acantonó con unas decenas de leales en la “república” de Marquetalia, en Tolima. En 1961 el Ejército cargó contra ellos, pero Tirofijo escapó y creó las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

O sea, más tiros y muertes, que duran hasta hoy.

Y mientras tanto en Bogotá… En 1948 la capital era apenas un pueblo de 250.000 habitantes que se reducía a Candelaria y alrededores. Como dato significativo, el Museo Nacional, que hoy es referente para hablar del centro, era a principios de siglo una cárcel construida en un páramo lejano de la ciudad.

Pero tras el Bogotazo todo cambió. Los ricos consideraron que no podían ser vecinos de chusma inflamable y huyeron al norte, crearon el norte. Surgieron barrios como Chapinero y Teusaquillo, y Candelaria se convirtió en un guetto decadente.

Gradualmente millones de colombianos empezaron a venir a Bogotá. En un país frecuentemente en llamas, la capital era un remanso de paz. Los migrantes, si tenían plata, se iban al norte, si no, se construían un tugurio en el sur. Las dos ciudades en una que todavía hoy padecemos.

Y así fue, más o menos. Actualmente Bogotá tiene un mínimo de 8 millones de habitantes (depende de quién los cuente y si incluye a Soacha o no), es una de las grandes megalópolis pujantes de América Latina, motor económico de Colombia y, a decir de mi amiga Ulrike -que suele tener buen criterio- la ciudad más estimulante del globo.

domingo


Andrés Caicedo es el primer enemigo de Macondo.
Alberto Fuguet


Mi amigo Jairo asegura que tiene un primo en Bucaramanga que disfrutó con El coronel no tiene quien le escriba. No veo el momento de ir allá para fotografiar a tan singular criatura: sería el primer colombiano que conozco al que le gusta algo de Gabriel García Márquez.

Si bien mis conocimientos de literatura colombiana del siglo XX tienen sus limitaciones -aun me quedan dos o tres libros por leer-, aseguraría que el premio nobel es una rareza dentro del panorama literario nacional. Aquí priman los textos en los que se hace crónica descarnada de la vida campesina o relatos de supervivencia en ciudades sepultadas por la polución. Es decir, los escritores colombianos dibujan la realidad de su país sin florituras, y ése es el tipo de libros que leen sus compatriotas.

En toda América Latina hay una revuelta, consciente o no, contra el realismo mágico y las estrecheces a las que ha condenado a lo latinoamericano. El chileno Alberto Fuguet, en su prólogo de McOndo, escrito junto a Sergio Gómez, expone bastante bien el hecho. Y no es baladí que Fuguet también sea el responsable de Mi cuerpo es una celda, compilación de textos de Andrés Caicedo, prócer de esta insurrección en su variante colombiana.

El número de este mes de Arcaida tiene un especial sobre la lectura queer de Andrés Caicedo. Esto es. Colombia hoy tiene más que ver con jóvenes urbanos de sexualidad ambigua, rock y pauperización que con viejos generales que levitan al beber té y otras huevonadas por estilo.

Si alguna vez hubo una Colombia como la que retrata García Márquez, ya no existe. Y si la hubo, basta leer el clásico de los sesenta La violencia en Colombia o cualquier libro de Alfredo Molano para ver todo el horror e injusticia que originaron la visión “mágica” de la realidad. De ahí creo que no es difícil concluir que Cien años de soledad y demás serían consideradas afrentas hacía Colombia si las hubiera escrito un extranjero, no se verían más que como coartadas imperialistas de la opresión.

Sin embargo, Andrés Caicedo sigue resplandeciendo, en vida y obra, como grito de la Colombia que no quiere ser exótica porque sabe bien que ese exotismo es muerte y subdesarrollo. Andrés Caicedo es la América Latina que realmente existe hoy, pobre pero moderna.

Y por supuesto, como no cabe en los clichés foráneos sobre la región, es totalmente desconocido en los países de allí arriba.