martes



Leo La Era Rock (1953-2003) de Jordi Sierra i Fabra.
El libro tiene algo de manual definitivo que se agradece. Curioso y útil para conocer las historias de todos los figurantes a los que las masas han tributado adoración en los últimos cincuenta años, no consigue empero que el profano consiga entender cómo una música tan estandarizada pueda todavía hoy conmover a nadie.
Tuvo su gracia al principio, esto del Rock, con su osadía tonal y la mezcla de estilos, pero medio siglo con la misma matraca es demasiado tiempo. Es un género agotado e inerte, producido en serie y con un mensaje de rebeldía sencillamente pueril. Además, trasladado fuera de los países anglosajones no es más que un pegote aséptico, incapaz de transformar nada puesto que nadie lo entiende ¡qué bochorno ver a centenares de adolescentes que no saben pedir un café en inglés decir que Nirvana les llega hondo!
Desde el principio surgió para los jóvenes solventes de las sociedades postindustriales. O sea, siempre fue negocio y como tal sobrevive. Surgirán más bandas y se seguirá escuchando muchos años más, pero su validez y consistencia artística, si alguna vez la tuvo, está extinta. Es hora de transmutarlo o finiquitarlo, y buscar otro medios de expresión genuinos e innovadores.

La cosa fue más o menos así. En el comienzo fue Dios, luego el Leviatán. Al primero lo matamos y el segundo se expandió tanto que ya no sabíamos ni como asirlo. Nos quedamos sin rompeolas frente al miedo. No por azar vino la liberación sexual y creímos encontrar una nueva plenitud. Miramos a la otra mitad de nuestra especie y ya no vimos un opuesto sino un complemento. De nuevo ya no estábamos solos, la Pareja iba a salvarnos. Por supuesto esta nueva panacea era aun más endeble que los anteriores, pero no lo sabíamos.
Hasta que tomemos conciencia del engaño del Otro seguiremos entrando en los bares como animalitos ansiosos que suplican ser mirados.