jueves


El hombre es novelista de sí mismo, como también lo son las generaciones. Y ambos relatos son igual de decisivos, ya que al margen de la memoria personal hay una puesta en común de recuerdos que configura el relato generacional. La quinta que nos precede ha fabulado una mixtificación sesentera que la mayoría no vivió, pero que se complace en evocar como propia. La minoría que sí lo vivió adquiere la representación de una mayoría abúlica. Pero hay cierta grandeza en ello, creo yo, ya que implica tener capacidad para avergonzarse. En España el noventa por ciento de los que fueron jóvenes bajo Franco no movió un dedo para cambiar las cosas; sin embargo en la televisión, la escuela y el cine gubernamental nos hablan de unos jóvenes en revuelta permanente. Y el caso es que se lo creen porque más allá de que fueran felices o no, lo cierto es que se perdieron de pleno los tiempos que europeos o americanos vivieron. Pero al menos tienen voluntad de reescribir su pasado, de derribar retroactivamente al Régimen. Así asumen lo que no hicieron en su momento.