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BAROJA Y ORTEGA: DIÁLOGOS EN TORNO A LA NOVELA



Pío Baroja (1872-1956) es de los escritores de la generación del 98 el que más influencia tiene de Nietzsche. Desprecia al cristianismo y toda religión organizada para ensalzar el paganismo; rechaza a la burguesía socialista, a las masas, la democracia, y defiende al hombre de acción, la anarquía y el individualismo como ideales éticos. El dolor es para él la principal característica de la vida, y la lucha entre la fortaleza interior y la misericordia impregna a sus personajes. Existe cierto consenso a la hora de considerarlo uno de los escritores españoles más importantes de todos los tiempos.

José Ortega y Gasset (1883-1955) creció en una familia de periodistas, estudió dos años en Alemania, y muy joven empezó a destacar entre la intelectualidad madrileña. Autor como Baroja de una amplísima obra, es probablemente el filósofo español más importante del siglo XX. Trató muchísimos temas e intentó desarrollarlos con claridad. Uno de los temas que estudió es la teoría literaria.

Como nos cuenta Julio Caro Baroja en Los Baroja ambos fueron muy amigos durante un tiempo. De hecho tío y sobrino iban muchos domingos a comer en casa del filósofo:


Ortega se encerraba en su despacho con mi tío y yo jugaba con José, el hijo menor.Esto ocurría entre 1920-1928 (…) No acierto a figurármelos bien, habiendo oído luego a cada uno hablar en otro medio. Las opiniones de uno y otro, no eran tampoco acordes, ni mucho menos, y creo que el enfriamiento en la amistad empezó con motivo de una polémica sobre la novela (182-183)

A lo largo de los años 20 Ortega y Baroja debatieron sobre las características y el destino de la novela. El primero publicó varios artículos y estudios sobre Baroja, y finalmente en 1925 su Ideas sobre la novela, donde sigue sin poder despegarse de la crítica al escritor, que contestó en distintos artículos y sobre todo en el prefacio a La nave de los locos.

Para Ortega la novela era un género en decadencia, donde hacía falta no sólo talento sino técnica. Para él, hubo un descenso gradual en el interés que artístico de la novela. A principios del siglo XIX primaba el arte de “narrar”, pero en el siglo XX se acabó imponiendo la mera “presentación”. Lo que él llama “novela paralítica”, sin trama ni nuevos temas, sin personajes atractivos, morosa, que se limita a ser como un cuadro: estática y sin acción.

A Baroja en concreto le reprocha “su alma dispersa”: La fragmentación, su exceso de personajes, su voluntad de estar siempre a la contra de las opiniones mayoritarias, su incorrección gramatical, la ausencia de técnica, una supuesta falta de interés por el lector…

Baroja debió de sentirse ofendido y en sus intentos por responder a Ortega acabó justificando brillantemente su estilo, que como demuestra, lejos de ser descuidado, era bastante más consciente de lo que parece y más innovador de lo que Ortega pudo ver en su momento.

Los planteamientos de Baroja y Ortega sobre lo que debe ser una novela parten de premisas ya radicalmente opuestas. Mientras Ortega se empeña en desarrollar una teoría de novela como género definido, Baroja afirma que eso de partida es imposible porque la novela es “un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación; lo abarca todo”. Y argumenta que hay novelas escritas más al gusto de Ortega –decimonónico, podríamos decir- que simplemente no funcionan. También defiende, frente al escepticismo del ensayista, que en literatura siempre se pueden inventar nuevas tramas pero hacen falta escritores de genio.

Otra divergencia es el hermetismo de las novelas. Ortega defiende “la novela como vida provinciana transitoria”, es decir, que el lector debe quedar atrapado en un paisaje cerrado con sus propias reglas y personajes. Baroja, por el contrario, quiere a la novela abierta a la vida, sin principio ni final cerrado, que rechace una conclusión dogmática.

Para Baroja el autor debe de gozar de libertad. No le interesan técnicas impostadas, sino la expresión del Yo. Si bien intentó ser realista, dudó de la posibilidad de ser “naturalista” y poder describir la realidad objetivamente. Para él había que intentarlo, pero reflejando el temperamento del escritor, asumiendo que toda representación de la realidad pasa por el filtro de la psicología de quien la retrata (producción artística frente a mímesis).

Es bastante significativo que crea que el autor debe escribir sobre lo que conoce y ha vivido, para así poder ser fiel a la verdad. De ahí que desistiera en su intento de escribir una novela histórica sobre César Borgia y acabara escribiendo una novela actual sobre el caciquismo en César o nada. También defiende la novela como entretenimiento. Lector de folletines, considera que el placer estético puede y debe permitirnos alejarnos de una vida gris. Y las limitaciones orteguianas podían impedir, precisamente, ese potencial liberador. El egotismo, individualismo e independencia era esenciales en el autor, y prueba de cierta superioridad moral frente a los demás.

En la obra de Baroja hay un torrente de personajes con los que no se puede intimar, se queja Ortega, porque a penas quedan definidos. Y pone como ejemplo al cine estadounidense o el teatro francés, donde los personajes no son borrosos, son héroes luminosos a los gusta seguir. Frente a este reproche Baroja se explaya: dice que los personajes no pueden tener una psicología diferenciada a la de su autor, y que cuando escritores supuestamente más agudos lo intentan pueden caer en lo teatral (Galdós), o son incoherentes (Stendhal), o definen a los personajes exclusivamente por su grado de locura (Dostoievski). Y en cuanto a la cantidad de personajes, que tanto molesta a Ortega, defiende que sirven para ampliar el horizonte, para romper la monotonía.
Para resumir recordaremos que Benet decía que Baroja respetaba las opiniones…que respetaba. Si la polémica traspasó lo intelectual para convertirse en algo personal es por el respeto mutuo que ambos se tenían. A Baroja le divertía que sus paisanos le llamaran el hombre malo de Azpeitia o desde Cuba un crítico le calificara de buey vasco. Sin embargo las críticas de Ortega merecieron una respuesta certera, a la par que un distanciamiento personal.

Si bien las tesis generales de Ortega son buenas, el hecho de que enfocara sus críticas contra Baroja, que claramente iba por otro camino y lo hacía bien, resulta extraño. Podríamos decir que Ortega defiende el modelo de novela del siglo XIX y Baroja, con su reivindicación del fragmento, está intuyendo la deriva postmoderna de finales del siglo XX y anunciando la quiebra del gran relato positivista en aras de una narración antidogmática y subjetivista.